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Los mitos de la independencia

Ahora resulta que son varias las regiones españolas (mal llamadas 'comunidades autónomas') que aspiran a ser independientes.

Amando de Miguel
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Ahora resulta que son varias las regiones españolas (mal llamadas comunidades autónomas) que aspiran a ser independientes. Se veía venir. Todas se consideran históricas, hasta La Rioja o Cantabria (que ya se emanciparon recientemente de Castilla). Tales movimientos no plantean seriamente sus aspiraciones. La razón es potísima. En un mundo tan entrelazado como el actual, los Estados ya independientes lo son cada vez menos. Ciertos ministros del Gobierno de España saben perfectamente que sus decisiones capitales se toman en cumbres del ramo, donde ellos son una eneava parte.

¿A qué se debe, entonces, la desatada apetencia de los independentistas regionales? Muy sencillo. Se trata de movimientos para ampliar el poder de los que mandan o pretenden mandar en las regiones respectivas. Hay un punto de racismo en esa pretensión de que los de aquí se impongan a los de fuera.

Parece más sensato el deseo de que los jueces sean independientes. Pero "tarde piache", que dijera Sancho Panza. Se ha pasado la fecha en la que eso era posible. Todo el mundo sabe que, ante un juicio, el comentario que se suele hacerse es: "¿Qué juez te ha tocado?". Aunque parezca increíble, en España muchos jueces pertenecen a asociaciones ligadas a los principales partidos políticos. En algunos de los más afamados pesan ostensiblemente sus afinidades ideológicas. Así pues, parece utópico pedir independencia a la Justicia. Solo se puede aspirar a no se muestren abiertamente prevaricadores, pero apelando más bien a su conciencia. No es poco.

El desiderátum de la política parlamentaria sería que los diputados nacionales (y por extensión los autonómicos y los concejales) exhibieran cierta independencia de las órdenes de sus respectivos partidos. No caerá esa breva. La libertad de conciencia está bien como principio retórico, pero no para votar en una asamblea política. Ahí solo cabe formar piña con el grupo de pertenencia. Tienen gran utilidad las piñas, aunque, desgajadas del árbol y desprovistas de los piñones, solo sirvan de adorno o como material combustible.

Los Estados de la civilización occidental suelen celebrar su respectivo día de la independencia. En España no está claro a qué fecha corresponden tales fastos. Los catones escolares de antaño se referían al 2 de mayo. Pero ocultaban que esa fecha, en 1808, fue una derrota del pueblo madrileño frente a los franceses. Eso de celebrar las derrotas se nos da muy bien. Los castellanos se entusiasman con su día nacional, el 23 de abril, al rememorar la pérdida de Villalar. Los nacionalistas catalanes se exaltan con el 11 de septiembre, cuando sus antepasados fueron derrotados en Barcelona durante una guerra dinástica. En ambos casos se conmemora la pérdida de la ocasión para independizarse. Parece una alegría un tanto extraña.

En el plano doméstico, a los jóvenes les cuesta Dios y ayuda independizarse de los padres. Lo hacen simbólicamente cultivando sus propios ritos de exaltación generacional, principalmente con el recurso al alcohol, la velocidad y la droga, entre otros excesos.

No se justifica mucho la buena prensa que merece la independencia en los distintos órdenes de la vida, pública o privada. Puede que asistamos aquí a una expresión del valor del individualismo, tan apreciado en nuestra cultura. Así nos va.

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