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Silencio, se roba

No consuela mucho que de vez en cuando sean condenados por la Justicia ciertos políticos demasiado aficionados a nutrir su patrimonio con el dinero público.

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Los medios de comunicación y el tono general de las conversaciones particulares se detienen con frecuencia, y aun con cierta delectación, en el hecho de los delitos de sangre. Siempre ha sido un tema socorrido en la curiosidad del público. Es cierto que la sociedad española ha sido proclive a comentar y revivir todas las formas de violencia, los sucesos propiamente dichos. Pero eso pertenece más bien al pasado, como tantas otras cosas que el viento se llevó. Por mucho que los medios sigan destacando los casos de uxoricidio (ahora dicen "violencia de género"), la realidad es que son menos frecuentes que en el pasado y que en otros países europeos, y no digamos de Hispanoamérica.

¿Quiere decir lo anterior que España es un paraíso donde se ha establecido la paz perpetua? Nada de eso. Lo que pasa es que los delitos que ahora menudean más son los que atentan contra la propiedad. No en vano, uno de los negocios más boyantes en este momento (ahora dicen "a día de hoy") es el de las empresas de seguridad. Se añaden a los distintos cuerpos policiales de la nación, las regiones y los municipios. Claro es que su misión es detener y reprimir a todos los delincuentes, pero cada vez más se tienen que ocupar de los ladrones en sus varios tipos.

Se roba y se hurta con notable dedicación de muchas personas, que en la mayor parte de los casos permanecen impunes. Lo cual es un ulterior estímulo para dedicarse a tan lucrativa actividad. El fenómeno no se mide bien en las estadísticas o en las noticias. Tan frecuentes se han hecho los distintos modos de apropiación indebida (desde la okupación de viviendas hasta las pequeñas estafas por internet) que se han extendido a los usos de la corrupción política. Hay partidos perfectamente instalados en la gobernación (ahora dicen "gobernanza") del país adictos a todo tipo de corruptelas. A pesar de lo cual siguen recibiendo un sustancial apoyo electoral. Vituperable es el robo en la esfera (ahora dicen "ámbito") privada, pero lo es mucho más cuando se nutre del erario (que ahora dicen "erario público"). En ello estamos. Tanto es así que tentados se hallan muchos comentaristas de calificar al sistema político actual como cleptocracia, esto es, el gobierno de los ladrones. Quizá sea una atribución exagerada, pero los indicios que tenemos son alarmantes.

No consuela mucho que de vez en cuando sean condenados por la Justicia ciertos políticos demasiado aficionados a nutrir su patrimonio con el dinero público. Da la impresión de que en ciertos casos se trata de pardillos, de los más tontos que no han sabido evitar que los cogieran en el flagrante delito de comisiones y mordidas. Aunque algunos vayan caminito de Jerez por algún tiempo, no parece que la medida asuste demasiado. Se sospecha que algunas de esas personas más incautas podrían ser solo víctimas propiciatorias de latrocinios mayores, que logran pasar inadvertidos para la opinión.

Tampoco es que todas las manifestaciones de apropiación indebida hayan de tener una traducción penal. Por ejemplo, habría que considerar las varias formas escrupulosamente legales que toman multitud de impuestos y otros pagos que hay que hacer al Estado en sus diversas manifestaciones. Al ser muchas veces injustas, el resultado es también una expresión del clima de hurto generalizado. Solo que en estos casos no suelen prosperar mucho los recursos y protestas. Asombra que todavía haya políticos que, obsesionados por conseguir más votos, propongan subir los impuestos. Lo peor es que tales atracos a mano legal los justifican como un método necesario para mantener el famoso Estado de bienestar.

Cumple la famosa admonición de San Agustín: "Cuando la Justicia falla, los Gobiernos no son más que pandillas de bandoleros". El de Hipona asistía a la lenta desmembración del Imperio Romano. Nuestra época no es tan grandilocuente, pero las pasiones humanas son más o menos las mismas que en el dubitativo tránsito hacia la Edad Media. A saber qué nos espera ahora.

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