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Amando de Miguel

Son demasiados partidos

¿Por qué hay tantos partidos? Paradójicamente, porque no se ha podido legislar la acción de los grupos de presión, que defienden o representan intereses concretos.

Amando de Miguel
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Durante 40 luengos años, los españoles de mi quinta vivimos sin partidos políticos, bajo un original Movimiento que pretendía superarlos y que no fue nada. Todo ello se desprendía de una serie de Principios Fundamentales que los profesores debíamos jurar por ser "eternos por su propia naturaleza" o algo así. Luego advino la feliz Transición Democrática, con el reconocimiento de los partidos, que en realidad venían funcionando bajo cuerda durante los amenes del franquismo. Así otros 40 años. Aunque el ideal fue el sistema de dos partidos (el conservador y el socialista), lo que ha venido funcionando realmente para gobernar ha sido un apaño de dos partidos y medio. Con ello se quería decir que el partido de turno en el Gobierno de España contaba con el apoyo más o menos taimado de los partidos nacionalistas, el vasco y el catalán. Se añadían algunos partidillos menores, pero no contaban para gobernar. Era una forma de engaño colectivo, entre otras varias. Se vestía con la capa protectora del consenso.

Así hemos llegado a esta legislatura, en la que bullen más de una docena de partidos en las Cortes Españolas, y varias docenas más si contamos los que intervienen en los consistorios municipales. Un resultado tan variopinto promete una España ingobernable. En el fondo sigue pesando la fórmula de los dos partidos y medio, con la novedad de que los nacionalistas son ahora secesionistas. A pesar de lo cual siguen teniendo una gran influencia en el Gobierno de España. Pero resulta inevitable la complicación de más de una docena de partidos en las Cortes. Son muchos más los que pululan en los consistorios municipales.

¿Por qué hay tantos partidos? Paradójicamente, porque no se ha podido legislar la acción de los grupos de presión, que defienden o representan intereses concretos. De tal forma que muchos partidos políticos, singularmente los de alcance regional o municipal, no se proponen representar el interés público o general para toda España, sino determinados intereses parciales. Al servirse de la política para ello, fuerzan la situación actual, en la que el país se nos hace ingobernable. Da la impresión de que, por encima o detrás de los partidos que gobiernan, late un magma de lo que podríamos llamar "el establecimiento" o "el sistema", el núcleo de los que verdaderamente mandan a través de ejercicios de influencia.

Una salida del laberinto es lograr pactos o acuerdos entre diferentes partidos, incluso de forma escrita. Pero la divisa romana de pacta sunt servanda (los contratos deben cumplirse) muchas veces bonitamente se incumple. Hay varias razones para tal despelote, dicho quede sin ninguna connotación erótica o machista. Cuenta, desde luego, el hecho fundamental de que resulta difícil que algo pueda acordarse entre un partido político (aunque para facilitarlo se le llame "formación política") y un grupo de presión. Pero es que, además, algunos partidos muestran unos principios líquidos, tornadizos. Como queda dicho, resulta que los partidos nacionalistas ahora son secesionistas (ellos dicen "independentistas o soberanistas"; da igual). Claro que la razón decisiva para no cumplir los pactos es que los españoles se desentienden de muchos otros compromisos en la vida pública y privada. Es algo que socialmente no se castiga, incluso está bien visto.

Tal es el talante de incumplimiento de los pactos que se ha llegado a la aberración de que los dirigentes de un partido manifiesten su rechazo a sentarse a negociar con los de otra formación minoritaria. No es por oponerse a los enemigos, puesto que tal rechazo se produce cuando el partido preterido se diferencia poco del propio. Aunque parezca mentira, al partido excluido o preterido se le puede tachar de antidemocrático o fascista. Da vergüenza ajena poner ejemplos de un comportamiento tan pueril.

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