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Amando de Miguel

Supercherías de la vida cotidiana

Lo que la gente del pueblo considera indemostrable, como artículo de fe laica, puede ser también un cúmulo de fantasías sin mucho sentido.

Amando de Miguel
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Nos hemos acostumbrado a la excelsitud de las creencias más o menos generales o populares. Mas no es así. Lo que la gente del pueblo considera indemostrable, como artículo de fe laica, puede ser también un cúmulo de fantasías sin mucho sentido, paparruchas y supercherías sin cuento. Me referiré a unas cuantas a título de ilustración de una evidencia que no se suele reconocer: el hombre no es un ser siempre y del todo racional.

Puede que la palabra creencias, de resonancia religiosa, sea ya una hipérbole. En su lugar, se trata de querencias, sentimientos, deseos, que podrían considerarse como irracionales, pero que se comparten de modo amplio y se aceptan sin mucha discusión. La inercia es la verdadera fuerza que determina nuestros actos en sociedad. Lo natural es hacer algo porque los otros lo han hecho.

Una primera irracionalidad de los españoles contemporáneos es la afición por el sucedáneo, la imitación. Por ejemplo, se comprende la ventaja que suponen las vacaciones en un crucero particular. Pero también se llama crucero a un buque gigantesco capaz de albergar a varios miles de pasajeros, dispuestos a gozar de las delicias de un paseo turístico de puerto en puerto. El verdadero placer de los hacinados cruceristas está en imitar el periplo de los que se solazan en su yate particular.

El gusto por el sucedáneo se incorpora a otros muchos aspectos del vivir cotidiano. Así, el ostentar prendas de vestir con una marca falsificada. O también, el falso refinamiento de consumir foie gras no de oca sino de cerdo. No digamos el falso prestigio de las gulas, como si fueran angulas. En algunos productos envasados se dice que lo han sido con "aceite vegetal". Habrá que entender que no es mineral. En ese caso lo más sensato es traducir vegetal por aceite que no es de oliva.

El consumo y el trabajo constituyen el centro de nuestras vidas. Ambas realidades se hallan penetradas de creencias mágicas o ilusorias. Por ejemplo, ya es una fantasía hablar de "mercado de trabajo", cuando los sueldos se determinan muchas veces por acuerdos colectivos o por decisiones políticas. Sin embargo, hay una parte de auténtico mercado, pues los puestos laborales los crea fundamentalmente la demanda. Pero aquí se introduce otra superchería; la de que el Gobierno es el que crea los puestos de trabajo, una operación voluntarista y taumatúrgica, que es la que confiere legitimidad a los gobernantes. Los más listos ya saben que lo que crea el conjunto de los nuevos puestos laborales es la acción de los empresarios. Pero esa afirmación sigue siendo falaz o por lo menos incompleta. En realidad, los empresarios crean el menor número posible de empleos, supuesta la constante y la escasez relativa de los recursos de capital de que disponen. No otra cosa es el secreto de la productividad y, por tanto, del beneficio. En definitiva, la creación de puestos laborales se hace implícitamente por la sociedad misma organizada. Cuanto más eficiente sea esa organización, más empleos se requerirán, y de más calidad.

El Gobierno no solo no crea empleos, sino que puede colaborar a que aumente el paro; basta con que subvencione actividades económicas poco o nada rentables. Eso está a la orden del día porque con ello se ganan votos. De ahí que el paro que tenemos en España resulte endémico. Las ingentes subvenciones que se van al conjunto de las empresas o a los parados equivalen al coste de la general ineficiencia de la economía. Convivimos con ella de modo inevitable. Claro que, tanto o más que el número de desempleados, debería preocupar el de empleados que rinden poco. Sobre ese punto no hay estadísticas. Se podría decir de modo general que las estadísticas suelen levantarse de los sucesos menos interesantes o que menos afectan a nuestro vivir cotidiano. Hay que ver, por ejemplo, con qué cuidado se oculta o se enmascara el dato sobre el gasto público en coches oficiales. Sobre la llamada "violencia de género" (mujeres asesinadas) se emiten estadísticas muy precisas, pero suelen esconder el dato del origen nacional del asesino.

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