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Albert Rivera erró por joven

Creer que con uno, o con su generación, empieza todo denota falta de perspectiva, escasa experiencia o simple narcisismo.

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La edad no determina la eficacia o la honestidad, menos aún la solución a algo tan complejo como es la gestión de las sociedades. Llevamos más de 10.000 años intentando no matarnos. Hemos avanzado mucho en matemáticas y en ciencias de la naturaleza, menos en ética y política. Pero lo poco conseguido lo conservamos como oro en paño. Por ejemplo, la democracia. Podríamos prescindir de ingenieros, pero nunca podríamos sobrevivir sin un pacto político para no matarnos. Gestionar las sociedades con eficacia, he ahí el gran logro de la inteligencia. Y sobre todo de su aliada más válida, la experiencia. Sin la acumulación del saber, sin la herencia del conocimiento, cada generación comenzaría de cero la historia.

Albert Rivera acaba de cometer un grave error. Por la ocurrencia y por dar a sus adversarios munición gratis. Se necesita, dijo en el Fórum Europa, un proyecto para España de una década como mínimo, que "sólo lo pueden encabezar aquellos que han nacido en democracia".

La ocurrencia no puede ser más ofensiva contra quienes la hicieron posible. La generación nacida en democracia a menudo no repara en sus costes, en el esfuerzo vital que sus mayores invirtieron para traerla y conservarla. Como todo heredero, no es consciente del coste de su bienestar. Por eso muchos jóvenes desconocen que la libertad no se compra en los supermercados, ni forma parte de nuestras vidas desde siempre, sino que se conquista cada día. Entre todos, sin despreciar el esfuerzo de nadie. La culminación del disparate lo personaliza Pablo Iglesias cuando quiere acabar con la Transición e iniciar de cero un proceso constituyente. El adanismo es un pecado de juventud. Creer que con uno, o con su generación, empieza todo denota falta de perspectiva, escasa experiencia o simple narcisismo. Nadie mejor que los viejos sabios comprende la complejidad de las cosas. Nadie mejor que la experiencia, procura prudencia ante la mirada pasional de la juventud. Una fuerza y otra son imprescindibles, en ningún caso excluyentes. Viejo problema que ya hace 2.500 años trató de enmendar Platón en la primera utopía de la historia, escogiendo para la dirección del Estado sólo a aquellos que, después de pasar una vida dedicada al estudio y la superación, pudieran gobernar. No antes de los 54 años. No es solución, pero señala la importancia de la experiencia ya en tiempos tan remotos.

Albert erró, C’s nunca hubiera nacido sin el impulso de la experiencia. Fueron viejos sabios los que le han permitido estar donde está. ¿Pero quiso Albert Rivera decir lo que todos sus enemigos le reprochan? No, estén seguros de ello.

Detesto en política la falta de generosidad de los políticos a la hora de interpretar los mensajes dados por el adversario. Aprovechan cualquier desliz para forzar un sentido que posiblemente no pretendió dar el emisor. La cuestión es retorcer el mensaje para dejar en evidencia al enemigo político.

He compartido con Albert el mismo rechazo por la generación cainita de la guerra civil, esa que se ha arrastrado hasta nosotros de la mano del PP y del PSOE sin atender al cambio generacional que prefiere la tolerancia y la colaboración al enfrentamiento. Dejan despellejar España, hundir su economía y corromper sus instituciones antes que colaborar contra la corrupción o el sectarismo. Es a esa generación política envilecida por el resentimiento del pasado y las siglas a la que hay que jubilar. Nunca a la generación nacida antes de la democracia. Y Albert Rivera lo transmitió de la peor manera. Entre otras cosas, porque lo mejor de nuestra democracia aún lo personalizan nuestros padres.

Todavía han de nacer los jóvenes que me hagan olvidar ética y políticamente a Fernando Savater, a Julio Anguita o a Mario Vargas Llosa. Por poner solo tres ejemplos.

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