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Don Quijote murió en Londres

El joven Ignacio Echeverría murió el sábado pasado en Londres y resucitó 7 días después en el corazón de millones de personas.

Antonio Robles
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El joven Ignacio Echeverría murió el sábado pasado en Londres y resucitó 7 días después en el corazón de millones de personas. Su actitud cívica al defender a una mujer desconocida de tres asesinos yihadistas nos acaba de dar una lección de sencillez, que los medios han convertido en extraordinaria lección de humanidad.

No, la actitud de Ignacio es un acto sencillo, cotidiano, normal. Millones de seres humanos se comportan así todos los días en todas partes. La gente se ayuda, se presta la sal, corre a auxiliar a la persona que acaba de ser atropellada, o se queda a cargo de la hija pequeña de la vecina ante un imprevisto de sus padres. Son infinitos actos solidarios que tejen los lazos afectivos de pequeños grupos sociales en aldeas y barrios. Es la telaraña social creada por un sinfín de valores trasmitidos de generación en generación que hacen posible las relaciones sociales, la amistad, la solidaridad y la complicidad contra el despotismo. Sin esos nudos invisibles la vida en sociedad se tornaría imposible.

Sin embargo, todos se han puesto de acuerdo en que Ignacio es un héroe. ¿Por qué, si hizo exactamente lo que cualquier persona de bien debería haber hecho...?

Porque vivimos en un mundo donde el idealismo cívico ha sido suplantado por el darwinismo social. La vida de la metrópolis, de cualquier metrópolis, de cualquier lugar del mundo, es una selva donde salir corriendo es más inteligente que enfrentarse a la adversidad del otro, y prestarle ayuda. Lo hemos visto en la campaña electoral: el laborista Jeremy Corbyn y la conservadora Theresa May se han enzarzado en una pelea obscena arrojándose la sangre de los muertos a la cara por un puñado de votos. Hay que ganar a cualquier precio. Si a esto llegan por arañar unos votos, ¿alguien se sorprende de que el acto sencillo de socorrer al débil se convierta en heroico?

Parece ser que Ignacio tenía convicciones éticas. Y murió por ser coherente con ellas. Sus dos amigos se asustaron. Incluso puede ser entendible en situación tan terrible. Lo extraño no es que nos asustemos en situaciones tan extremas, lo malo es que nos desentendamos en situaciones sencillas; o lo que es peor, que instituyamos relaciones depredadoras como una manera de vivir.

La lección de este joven abogado ha sido subrayada aún más por la actitud de su familia ante la prensa. Su hermana Ana supo sacar lo mejor de lo peor: "Algo muy triste y muy duro se está convirtiendo en algo más bonito y muy grandioso". Y lo dijo con una sonrisa angelical que nos recuerda los valores que hicieron de Ignacio un héroe cuando sólo era una persona corriente.

Sí, efectivamente, Ignacio Echeverría es un héroe, porque, en un tiempo donde lo normal se convierte en extraordinario, morir por comportarse como debemos se ha convertido en extraordinario. Ha honrado lo mejor del ideal de Don Quijote, aquel loco maravilloso que ha sido suplantado definitivamente por la pachorra interesada de Sancho. Aunque no es verdad del todo, para muestra, su propia actitud, que, al menos el sábado, desmiente la sentencia de Burke: "Para que triunfe el mal solo es preciso que los buenos no hagan nada".

La tragedia de Londres nos ha enseñado también que nuestro país, España, no es tan diferente a la admirada Europa. La Policía del Reino Unido no es mejor que la nuestra, ni trata mejor a sus muertos que nosotros a los nuestros; sus políticos no son menos obscenos, ni sus ciudadanos votan más inteligente que los nuestros. Ahí está el Brexit. Es un complejo que debemos empezar a superar. Lo malo que ocurre en nuestro país, ocurre en Francia, en Alemania, en Italia, en Bélgica… y en algunas cosas, incluso podemos dar lecciones, como la que ha dado Ignacio, y su familia.

Ignacio Echevarría no murió en Londres, nació como icono cívico para siempre. No lo reduzcamos a un icono español, él, como el loco de Alonso Quijano, son universales.

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