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Antonio Robles

El día en que C's nos rompió el corazón

Comprendí que la coalición era un mal, pero menor que las formas ventajistas y desvergonzadas de hacer política de los líderes de mi partido. Contra ese mundo habíamos nacido y ahora lo teníamos dentro.

Antonio Robles
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¿Cómo es posible que hayamos llegado a esto? Alguien se lo preguntaba, me lo preguntaba una noche de madrugada para añorar lo perdido. Desgraciadamente para mí, muchos sabemos cómo hemos llegado a esto, pero hemos sido incapaces de evitarlo.

Me entero por la prensa de que el partido rumia sosegadamente sancionarme si comprueba que mis declaraciones tratan de dañar al partido (C’s).

No les daré motivos, a no ser que defender los principios de Ciudadanos y los procedimientos democráticos que sus estatutos, reglamentos y protocolos prevén sea causa de sanción. Entiendo que denunciar las maniobras para controlar la realidad dentro del partido y desenmascarar el maquillaje de las coaliciones resulte una lata para quienes se han atrincherado en una propiedad. Bien que lo saben. Ellos mismos, todos nosotros, año tras año, aireamos el maquillaje de los acontecimientos históricos del 11 de septiembre de 1714. Si está bien hacerlo con los nacionalistas, ¿por qué va a estar mal hacerlo con nosotros mismos? Cualquiera de nuestros seguidores puede haber comprobado como, día tras día, pedimos en el Parlamento explicaciones y responsabilidades por el mangoneo que hace TV3 con nuestra realidad y por la escasa o nula presencia en los medios de comunicación públicos.

Decía el 20 de mayo de 1995 a propósito de la entrega del primer Premio a la Tolerancia a Iván Tubau: "Porque éramos personas radicalmente comprometidas con el sistema democrático... reivindicábamos el concepto de 'Ciudadanos' por hacer a los miembros de una comunidad iguales en derechos y obligaciones. Y rechazábamos el de 'Súbditos', porque hacía de los hombres y mujeres meros vasallos del poder". Dos años después (1997) fundábamos el partido "España, Constitución de Ciudadanos". Dos pequeñas, pero antiguas muestras de lo que representa el concepto "Ciudadanos" para muchos de los que, como yo, creemos que ha sido traicionado.

Hay la tendencia a confundir su logo y nombre con su naturaleza. Grave simplificación. "Ciudadanos" fue una explosión de júbilo ante un proyecto largamente esperado por miles de ciudadanos hartos de la exclusión nacionalista, una atmósfera de confianza en el juego limpio, en el altruismo democrático, sin atajos tramposos para justificar fines, además de la defensa de la ciudadanía como valor primordial por encima de territorios, creencias y derechos históricos. Ciudadanos era un estado de confianza en nosotros mismos, seguros de nuestros dirigentes, apasionados por echar una mano a cambio de nada, es decir, de todo; porque en ello poníamos todo lo que cada uno había soñado. Y eso, precisamente eso, es lo que está en crisis. Eso, precisamente eso, lo vi morir el pasado 22 de abril en el Consejo General amañado, donde debíamos decidir ir o no ir en coalición con Libertas, UPS y PSDE.

Empezó mal. Nuestro presidente, Albert Rivera, se había encargado de adobar, firmar y pactar una coalición con Libertas y dejarlo mediáticamente cerrado en una rueda de prensa en Madrid el viernes anterior al Consejo General, de la mano del candidato de Libertas, Miguel Durán. Los socios y sus ideologías eran una afrenta al ideario de Ciudadanos, pero el golpe de mano contra los estatutos del partido era una estafa democrática. Debía de ser el Consejo General, el órgano político del partido con facultades para ello, quien habría de haber aprobado la coalición y el candidato. Y sólo después, firmarlo y anunciarlo, pero Rivera se arrogó una facultad que no tenía. No era la primera vez. La indignación de buena parte del partido cuajó también en varios miembros de la Ejecutiva. La esperanza de que fuera reversible dependía del sentido común de esos dirigentes y de un debate en profundidad con toda la información posible en el Consejo General. Pero ni una cosa ni otra fueron posibles.

El Consejo General extraordinario estaba previsto para las 19 horas. Se nos había advertido por e-mail que empezaría puntual. Y puntuales fuimos todos, para entonces ya sabíamos que la Ejecutiva había decidido reducir el debate a la mínima expresión. Pronto lo comprobaríamos.

Media hora después de la hora prevista aún no había llegado Albert Rivera. El presidente de la mesa del Consejo, Javier González, esperó. Poco después llegó acompañado de Miguel Duran con intención de hacerle hablar. El Sr. Durán ni era consejero, ni militante de C’s, ni candidato a las Europeas. Su presencia era irregular, pero el presidente de la mesa impuso que hablara. Poco importaron las quejas de muchos consejeros, el presidente impuso incluso que a partir de ese momento no se admitirían intervenciones por cuestiones de orden. El debate se reduciría a cuatro turnos de dos minutos cada una para defender el sí o el no a la coalición (16 minutos en total). No había matices, la decisión más trascendente de la historia del partido, se quería liquidar en ocho intervenciones de dos minutos cada una y sin capacidad para contextualizar, analizar el supuesto pacto, conocer a los socios, medir la conveniencia, calibrar las consecuencias. En una palabra, debatir en el órgano del partido que se creó para ello y decidir la mejor opción con todas las variables estudiadas y sopesadas. Ni siquiera teníamos información ni seguridad del pacto.

La decisión de la mesa, conchabada groseramente con la dirección del partido, ni siquiera simuló el partidismo. Comenzó hablando Miguel Durán. Su irrupción bravucona y muy desconsiderada con los consejeros le valió un abucheo por parte de éstos. Sólo después de ello, se mostró más educado para acabar pidiendo perdón. Una cosa quedaba clara, no venía recomendado, sino de capataz. Una hora, entre intervención y preguntas. Le siguieron las intervenciones de Antonio Espinosa, de acción política de la Ejecutiva, José Manuel Villegas, segundo candidato a las Europeas y Albert Rivera, el hacedor del pacto y presidente del partido. Sus tiempos, mayores que los que había reservado para los consejeros, se rebasaron. El presidente de la mesa no los cortó. Así llegamos a las 21.30 horas. Habían pasado dos horas y media desde el comienzo y los 62 consejeros llegados de diferentes partes de España –incluso, Juan Antonio Cordero, de Paris, con información exhaustiva estudiada sobre el terreno de uno de nuestros socios más indeseables, Movimiento por Francia– no pudieron exponer sus razones sobre la coalición.

Finalmente, el presidente del Consejo, advirtiendo que habíamos de desalojar el local en unos minutos, dio la palabra al posicionamiento de los consejeros, eso sí, advirtiendo que no daría un segundo más de los dos minutos por intervención. Y así lo hizo. Su conchabeo con la dirección era tan evidente, su intento de manejar el Consejo para llevarlo donde Albert Rivera quería era tan burdo, que los consejeros de Madrid, Fernando Landecho y Alfredo Gabrielli, los coordinadores de Educación, Pilar Barriendos o de la Federación de Barcelona provincia, Ángel Milla, Mari Cruz Hernández, J. A. Cordero, Joaquín Maldonado, Carmen Leal... a los que ni siquiera se les dio la palabra, acabaron indignados. Quedaba claro que harían lo que fuera para evitar replantearse la coalición.

Yo pude hablar. Dos Minutos. Empecé denunciando la improcedencia de que no se dejase debatir el tema ni se diera palabra a tantos consejeros llegados de tan lejos. El presidente me advirtió de que me corría el tiempo. Su parcialidad no es que fuera manifiesta, es que formaba parte de una manera de hacer política contra la que Ciudadanos había nacido. En ese momento comprendí que la coalición era un mal, pero menor que las formas ventajistas y desvergonzadas de hacer política de los líderes de mi partido. Contra ese mundo habíamos nacido y ahora lo teníamos dentro. Simplemente no se pudo debatir la coalición en el órgano creado para ello. Si así se hubiera hecho, nada debía objetar; no habiendo podido hacerlo, Popper nos advierte en La sociedad abierta y sus enemigos de que lo podemos hacer por otros medios. Atrás quedaban las justificaciones de compañeros que reconocían en voz baja que la coalición era infumable, "pero sólo era un paréntesis", una "oportunidad para despegar" y la inevitable justificación que nunca se debiera haber dado en este partido: "la política es así". Quizás la auténtica causa, la dio el riverismo en vena del coordinador de Valladolid, Miguel Ángel González, en cuya intervención para defender la coalición dejó explícito todo el rencor acumulado contra UPyD: "Ya que algunos están dispuestos a regalar el partido, mejor venderlo y cobrar por ello"..

El resultado de la votación era lo de menos: 36 a favor, 24 en contra y 2 abstenciones. El mejor resultado obtenido contra las directrices de la dirección desde que se instituyó ese Consejo en el segundo Congreso elegido cuando se había ido la mitad de los compromisarios derrotados por la lista de Rivera.

Esa misma noche anuncié mi marcha del partido y la entrega de mi acta de diputado. Sin haberlo advertido, había dejado escrito hace ya mucho tiempo en un artículo de El Mundo titulado En defensa de la política las razones que me han llevado a renunciar al logo de Ciudadanos:

La política se ha llenado de individuos que se reconocen y se promocionan mutuamente con una simple mirada, es la mirada del poder. Frente a éstos, están en peligro de extinción aquellos otros que además de querer ejercer el poder necesitan tener una disculpa ética para alcanzarlo. Están en desventaja. Para los primeros lo importante es el fin, o sea el poder a secas, no los medios. Para los segundos no todo vale. Estos tienen ideales y principios, los primeros, ambición.

Ayer me llegó la baja del partido del expresidente del Comité de Garantías en forma de artículo. Se llama Antonio Roig, una de las personas más honestas, juiciosas, equilibradas, cultas y desinteresadas que he conocido a lo largo de los más de 30 años de lucha que llevo en este movimiento. Recomiendo su lectura. Él dice mejor que yo, lo que la mayoría de los militantes de Ciudadanos pensamos: Despedida... ¿y cierre?

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