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El Reino de León: primer Parlamento de la Historia

¡Qué cansado, por Dios, es el victimismo nacionalista!

Antonio Robles
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La indiferencia, cuando no el desprecio gratuito, hacia España como realidad histórica contrasta con la fiebre de sus partes por las identidades étnicas. O no llegamos o nos pasamos. Es de necios sentirse superior por haber nacido en algún lugar, y nada edificante que utilicemos la leyenda negra, la Inquisición o la gesta para sacar partido de las riñas internas. Como si alguna identidad pasada se hubiera construido con flores y besos.

Incluso cuando los hechos históricos autorizan la reivindicación, en lugar de contextualizar desapasionadamente la cuestión, se aprovecha para marcar diferencias interesadas y sacar partido étnico de la cosa. Es el caso de la reclamación del antiguo Reino de León como primer Parlamento del mundo por parte de hooligans locales interesados en defender la autoría. Están en su derecho. Sobre todo, porque tal reconocimiento está avalado desde el 18 de junio de 2013 por la Unesco, que reconoció al Reino de León como cuna del parlamentarismo y a los Decreta de las Cortes de 1188 como "el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo", al tiempo que los inscribió en el Registro de la Memoria del Mundo.

Así se lo recordó a El País la leonesista Alicia Valmaseda, alarmada ante el titular que desplegó en primera página y a cinco columnas a propósito del último atentado yihadista en Londres: "El terrorismo obliga a cerrar el primer Parlamento del mundo". El propio alcalde de León, sin nombrar al medio, censuraba que un periódico español de alcance fuera tan cicatero con la historia de nuestro país y tan generoso con el ajeno. De paso, arremetía contra Carles Puigdemont por su descaro al atribuirse en la Universidad de Harvard autorías históricas propias de un personaje de psiquiátrico. Entre ellas, cómo no, presidir la nación más gloriosa del mundo y ser la cuna del primer Parlamento democrático. No es de extrañar la coz, si su historiador de cabecera, Víctor Cucurull, las dice aún más gordas: Roma no era nada hasta que llegaron los catalanes.

No les falta razón a ambos leonesistas y a todos los que se lanzaron en tromba ante el defensor del lector de El País. Hasta el punto de que hubo de salir su subdirector, Bernardo Marín, a justificar la simplificación histórica alegando que sólo era un titular, además de ser arriesgado pronunciarse sobre el particular por ser tema controvertido, y de dudosa semblanza entre aquellos esbozos parlamentarios regios y el parlamentarismo democrático actual. No le falta razón. Aunque no es menos cierto que el titular beneficiaba al Reino Unido en detrimento de la autoría española. Nuestra mal entendida generosidad, las pequeñas navajadas étnicas incrustadas en nuestros medios o la simple frivolidad a la hora de dramatizar el escenario del crimen.

Debería ser tema intelectual, de historiadores, pero desgraciadamente suele ser instrumento para políticos en busca de la identidad que los sitúe en el mapa. A ellos y a sus intereses. Alicia Valmaseda, portavoz de Comunidad Leonesa, además de enmendar a El País, imitaba hasta el tuétano el etnicismo catalanista:

Cuando en todo el País Leonés la sociedad civil se está organizando para defender la cultura, lengua e identidad leonesa, reivindicar la historia, incomprensiblemente silenciada, y la diferenciación estatutaria, desde un periódico de nuestra región hermana, no solamente silencian nuestro nombre sino que nos llaman "castellanos", algo que ni fuimos, ni somos, ni seremos. Hubo un tiempo en que Castilla fue León pero nunca León fue Castilla…

El propio alcalde de León, después de poner en su sitio a Puigdemont, suelta el latiguillo:

En la configuración autonomista del Estado, la unión con la región castellana no ha hecho otra cosa que perjudicar a León (…) y a lo leonés.

¡Qué cansado, por Dios, es el victimismo nacionalista!

Así empezaron Cataluña y el País Vasco. No los desprecien.

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