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La independencia me importa un carajo

Ni adelanto electoral ni pactos de conveniencia: restablecimiento de la legalidad y castigo a los culpables. Así son las sociedades adultas.

Antonio Robles
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No es la independencia, sino la impunidad lo que arruinará finalmente lo que queremos evitar. Ni adelanto electoral, ni pactos de conveniencia: restablecimiento de la legalidad y castigo a los culpables. Así son las sociedades adultas.

El mal no está en la independencia en sí, sino en lo que la ha hecho posible. El mal no está en el artículo 155, sino en carecer de conocimiento, pericia y coraje para restaurar la verdad y el respeto por la democracia en Cataluña. Hay que devolver a las palabras sus significados auténticos, librarse de las emociones que nos hacen impunes y utilizar las instituciones para lo que fueron concebidas: la escuela para ilustrar, la policía para servir a la ley, los medios de comunicación públicos para informar con neutralidad y el Gobierno para solucionar problemas, no para crearlos.

Y si el adelanto electoral solo sirve para escurrir el bulto, como si aquí no hubiera pasado nada, es hora de ciscarnos en Rajoy, Pedro y Albert por convertirse en cómplices de los golpistas. De los actuales y de los que saldrán de la escuela en el futuro.

¿O acaso unas nuevas elecciones pueden redimir del incumplimiento de la Constitución y de los desplantes al Estado de Derecho? ¿Qué legado pedagógico estamos dejando a nuestros adolescentes si les transmitimos el desprecio por la ley? En Cataluña ya lo sabemos. Y es desolador.

Han quemado la Constitución en TV3 y la han incumplido en el Parlamento; han desobedecido los autos del TC y alardeado de ello; han alimentado a las masas retando la autoridad del jefe del Estado; han despreciado las recomendaciones de los letrados de su propio Parlamento, y humillado al Órgano de Garantías Estatutarias instituido por ellos mismos; han violentado los derechos de la oposición y cerrado el Parlamento arbitrariamente; se han comportado como caciques con sus propias normas y han amenazado al Gobierno de la nación con declarar la independencia. Y por si eso fuera poco han llevado adelante una farsa de referéndum sin garantía alguna y cuyo recuento se lo sacaron de la manga en un despacho de marketing. En el colmo del disparate, han llegado a la conclusión de que apoyaron la independencia el 90% de los catalanes. No sé si tienen abuela, pero si no se bastan solos.

¿Todo eso quedará impune? ¿Con esas premisas podemos garantizar unas elecciones libres, neutrales y limpias? ¿Tan ciegos estamos para no ver que el mal no está en la independencia, sino en la sociedad intervenida que padecemos? Ni siquiera se molestan ya en mostrar consideración por el otro: una vez declarada la guerra, todo está permitido. Estas últimas semanas de TV3 son la muestra más palpable. Y los mandos de los Mozos, envalentonados.

Es precisa, ahora más que nunca, la aplicación del 155 para intervenir la autonomía y purgarla de los delincuentes que nos han traído hasta aquí. Es preciso devolver los derechos políticos y sociales a todos los catalanes. Empezando por la escuela. Acabar con la inmersión, despolitizar las lenguas, dejar de utilizar el pasado para envenenar el presente; acabar con Radio Ruanda. Cualquier otra cosa es aplazar, demorar, desentenderse del mal.

El pasado sábado celebró su primera Asamblea Nacional el proyecto político Centro Izquierda de España (dCIDE). Con un PSOE dependiente del PSC, con un Podemos plurinacional troceando su partido antes de hacerlo con España, y el resto de la izquierda avergonzada aún ante su nación, dCIDE se ha conjurado en pro de la igualdad de todos los ciudadanos, vivan en la comunidad que vivan, para acabar con los privilegios territoriales y evitar la creación de otros; y defender la nación española y sus símbolos con determinación. Sin una izquierda que vuelva a amar a su país, España no tiene futuro… ni presente.

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