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La sombra de la pandemia

La sombra del coronavirus no se esfumará de la noche a la mañana en un país donde millones de personas viven del turismo internacional.

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"Cuando todo esto pase", se oye decir. No sé, hay cosas que no pasan, se incorporan como cicatrices a nuestra piel para recordarnos que somos mortales. En todos los sentidos. De hecho, y paradójicamente, nos adapta mejor al medio, como nos enseña la teoría sintética de la evolución.

Aunque, en esta edad de la ciencia, puede que estemos recorriendo el camino inverso al que teoriza el neodarwinismo. Cada día somos más débiles porque somos más vulnerables ante una naturaleza inhóspita. ¿Cuántos somos hijos de la ciencia? Literalmente, ¿cuántos de nosotros hemos llegado a la vida, o hemos esquivado el revés de la enfermedad, a pesar de la naturaleza? ¿Cuántos satisfacemos a diario el hambre, y vivimos en la opulencia, a pesar de los recursos encriptados de nuestro hábitat?

Ha bastado un virus de escasa mortandad pero rápida extensión para recordarnos que, globalmente, estamos expuestos a peligros que no sospechábamos ayer mismo. Y no me refiero sólo, ni especialmente, a perder la vida, sino a sucumbir ante un cataclismo económico.

De tanto temer a la muerte, el Gobierno podría estar dinamitando las bases engañosas de la economía en que flotamos inconscientes. Leía hace muchos años El quinto jinete, de Larry Collins y Dominique Lapierre, donde el dirigente libio Gadafi extorsiona al Gobierno de EEUU mediante la amenaza de activar una bomba atómica escondida en Nueva York. No lo traigo a escena para especular sobre la amenaza nuclear como quinto jinete del Apocalipsis, sino para exponer la debilidad de nuestras certezas económicas y, por consiguiente, vitales.

Las páginas de Larry y Dominique me dejaron impresionado al describir la imposibilidad de evacuar la ciudad de Nueva York en menos de tres días, el caos que podría ocasionar la desbandada ante la amenaza y, sobre todo, los millones de cabezas de ganado, pollos y demás alimentos imprescindibles que cada noche entraban en Nueva York. Sin esos recursos económicos diarios, el centro económico del capitalismo se desmoronaría en una semana.

Traslado a hoy el abismo sobre el que está cimentada toda nuestra engañosa economía. En sólo un mes de cierre productivo, el paro y los recursos económicos de millones de personas se desplomarían. Y si las medidas se demorasen en el tiempo más de tres meses, el desabastecimiento y el pillaje convertirían nuestras calles en selvas. Todo nuestro mundo, colapsado. ¿Prevé este Gobierno las consecuencias de estrangular la economía? ¿Estamos los habitantes del Primer Mundo para resistir la sombra de la pandemia, aun cuando la hayamos vencido, si no tomamos en cuenta el colapso económico? ¿Somos conscientes de que todas nuestras seguridades están erigidas sobre papel de fumar?

Pongamos que hablo sólo de España. La sombra del coronavirus no se esfumará de la noche a la mañana en un país donde millones de personas viven del turismo internacional. ¿Cuánto tardará en evaporarse esa sombra tejida de temores? ¿Qué consecuencias tendrá el empobrecimiento colectivo sobre el resto de ramas económicas? ¿Quién se endeudará para comprar un piso, cambiar de coche o renovar la lavadora? ¿Cuántos trabajadores dependen de esas inversiones familiares? ¿Cuántos autónomos que viven a la sombra de una sociedad de servicios podrán sobrevivir al cataclismo? Y quizás la pregunta más inquietante… ¿aprenderemos la lección en las sociedades opulentas infectadas de generaciones adolescentes, incapaces de sospechar que el mundo es incertidumbre y cambio?

Me temo que hasta que no dejemos de enviar memes graciosos, chistes desenfadados y youtubes propios de reality shows no habremos tomado consciencia de la dimensión de la tragedia. Y si vencemos al virus con una pastilla en menos de un mes, no habremos aprendido nada. La edad de la inocencia, la democracia del marketing.

PS. Y nuestro Gobierno, preocupado por la mercadotecnia. La peste ha llegado a la política a través de los gabinetes de comunicación. La política se ha convertido en una pocilga de relatos, de ilusiones para ilusos y desesperados. No es democracia, sólo fábrica de electores sugestionados por sus propios deseos hábilmente explotados por profesionales de la propaganda. Nos esperan tiempos duros donde se necesitarán ciudadanos conscientes para derrocar a esta pandilla de narcisos, necios, inútiles, analfabetos y curas de voz engolada y fonética insufrible.

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