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No en mi nombre

En la vida, en cualquier vida, en cualquier sociedad, en cualquier tiempo, hay límites cívicos, normas de comportamiento que no se traspasan. Incluso entre forajidos.

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A ver cómo se lo explico. En la vida, en cualquier vida, en cualquier sociedad, en cualquier tiempo, hay límites cívicos, normas de comportamiento que no se traspasan. Incluso entre forajidos. Porque si así fuera no habría comunidad. No digo una comunidad cívica, democrática. Cualquier sociedad. Hasta la más abyecta banda de bandoleros tiene sus normas. Y quien las incumple, lo paga. A veces, incluso con la vida.

Bien, pues en España el presidente del Gobierno, el representante democrático de todos los españoles, se está permitiendo profanar esos límites convirtiendo la política en un lodazal donde todo está permitido. La palabra dada, la coherencia, incluso el precio de la vergüenza carecen de valor. En su lugar, la mentira, la irresponsabilidad y la ventaja personal dirigen su acción política.

Personaje petulante, individuo engreído incapaz de ganar una puta elección, desprecia cuanto ignora y vende a retales la nación a sus enemigos como si fuera suya. Sinvergüenza, amoral, sin palabra ni honor, ni siquiera repara en el alcance de la traición. Hasta a Fernando VII, aquel rey cobarde y felón, le ampara la disonancia incomprendida entre un tiempo de monarquías absolutas en decadencia y el tiempo liberal que se abría paso para fundar un mundo nuevo de ciudadanos libres e iguales.

El mal que está haciendo Pedro Sánchez no se agota en la voladura del Estado. Corrompe la propia mecánica de la política. No está dejando en pie ninguna de las normas cívicas que nos cohesionan como individuos sociales. Si nada es venerable, todo está permitido. Y si todo está permitido, nada es bueno ni malo. Pero sí, hay límites, hay valores. Si los ignoras y arrasas, detrás sólo queda egoísmo, instintos, selva y caos. Una sociedad democrática que se precie debe poner un perímetro entre lo que es decente y lo que no lo es. Una sociedad puede perdonar a un criminal de ETA, pero no fundar sobre su comportamiento un pacto para alcanzar el poder. Una sociedad democrática puede dar nuevas oportunidades a un delincuente, pero no basar en su ejemplo las relaciones sociales del resto de ciudadanos honrados. Una sociedad puede ofrecer una salida a un tipo que considera al resto de compatriotas "bestias con forma humana", que planifica a la vista de todos la destrucción de tu país y cuyo poder emana de quienes han perpetrado un golpe institucional contra la nación de todos; pero nunca, nunca, nadie puede basarse en estos depravados para blindar su poder institucional. Quién lo hiciere, y Sánchez lo ha hecho y reiterado, es un usurpador, un político tóxico más peligroso para la salud de la democracia, que los presuntos delincuentes a punto de ser juzgados por golpistas.

Lo ha resumido José María Múgica con desgarro al presentar su baja del partido socialista: "No en mi nombre". Acababa de ver en la portada de un periódico a la secretaria general del PSE-EE, Idoia Mendia, preparando la cena de navidad con el exetarra y líder de EH Bildu Arnaldo Otegui. Se puede perdonar, incluso olvidar, pero no a alguien que se ha negado reiteradamente a pedir perdón por los crímenes de ETA.

Estamos viviendo un desarme cívico provocado por la desaparición de valores que ha dejado a las reglas democráticas y a la ley a merced de mercenarios. Y a esa voladura o dejadez le llaman diálogo, libertad, democracia… ¡Puaaafff! Se ha prostituido el lenguaje para justificar el saqueo, la ambición y la supervivencia política a cualquier precio.

Ante estas circunstancias, solo nos queda recordarle a este narciso el pensamiento estoico de Séneca: "Lo que las leyes no prohíben debe prohibirlo la honestidad".

PS: #¡EleccionesYa!

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