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Una izquierda emancipadora para Cataluña

La izquierda actual en esta comunidad española ha dejado de ser emancipadora para pasar a formar parte de las fuerzas opresoras y excluyentes del nacionalismo

Antonio Robles
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La izquierda en Cataluña ha de recuperar el espíritu emancipador que inspiró su origen para superar la alienación humana inducida por condiciones económicas, supersticiones alienantes, abusos coloniales o, como en este caso, por la obscenidad étnica del nacionalismo. En una palabra, ha de ser de nuevo una ideología intelectualmente crítica, capaz de servir de faro e instrumento de autonomía personal, justicia social, igualdad y libertad, y no mero instrumento al servicio de la casta nacionalista.

Esa naturaleza emancipadora de la izquierda es una característica esencial y universal, necesaria en cualquier circunstancia, lugar y tiempo, aplicable por lo mismo también a Cataluña. O, por decirlo con énfasis, ¡sobre todo a Cataluña!, pues la izquierda actual en esta comunidad española ha dejado de ser emancipadora para pasar a formar parte de las fuerzas opresoras y excluyentes del nacionalismo. Con un agravante, en lugar de servir como instrumento liberador, se ha convertido en un medio al servicio de las castas étnicas que lo instrumentalizan. La teoría sobre la alienación humana de Karl Marx es aplicable a cualquier situación de opresión y sirve para desenmascarar también hoy el fundamento pervertido del poder en Cataluña. Su utilidad intelectual sigue más vigente que nunca y tan necesaria como siempre en sociedades excluyentes como ésta.

Si no se ha pasado cuentas a esta impostura de la izquierda catalana hasta ahora es porque tradicionalmente se ha partido de una premisa errónea: suponer que la izquierda es internacionalista per se, independientemente de su praxis real. Efectivamente, lo es en sus planteamientos y fines, pero en el caso de Cataluña, hace medio siglo que sus izquierdas los olvidaron en nombre de la construcción nacional. Se han llegado a acuñar siglas para definir esa anomalía con la ironía necesaria: Partido Único Catalán (PUC). O dicho de modo más crudo: hoy en Cataluña no hay partidos diferenciados ideológicamente entre la izquierda y la derecha catalanistas, todos son nacionalistas, aunque disientan en cuestiones de moral pública y medidas económicas. Unas y otras ponen en la nación el sentido último de su praxis política, sustituyendo la solidaridad y la igualdad por el egoísmo étnico de la nación.

Y no empezó ayer, las raíces hay que buscarlas en la ERC y el PSUC de la II República, y más recientemente en grupúsculos mil, como el PSAN (Partit Socialista d’Alliberament Nacional), nacido en 1969. Pero la izquierda que decidió el abandono de la emancipación de la clase obrera y de los más desfavorecidos por la lucha de la identidad catalana y la construcción nacional fueron el PSUC, de forma directa, y el PSC, de manera indirecta. El origen de esta perversión ideológica hay que buscarlo en la constitución de la Assemblea de Catalunya en 1971. Esta plataforma unitaria de las fuerzas opuestas a la dictadura, muy influenciada por la recuperación de la lengua y la cultura catalanas, acabó subordinando los objetivos de la lucha obrera a los del nacionalismo. Con especial soporte de los líderes del PSUC y la disculpa de la normalización de la lengua catalana, que la pasaron a considerar el signo identitario de la nación. En 1973, la Assemblea de Catalunya, de la que formaba parte el futuro secretario general del PSUC, Rafael Ribó, aprueba un documento (Assemblea de Intelectuals) donde determina que la lengua catalana debe ser el vehículo de las instituciones del país. De ahí nace el concepto de lengua propia, que legitimará su uso exclusivo en Cataluña. Pero ya antes, en 1970, su secretario general, Gregorio López Raimundo (de origen aragonés), colaboraba con esa atmósfera envolvente nacionalista afirmando desde el comité ejecutivo: "El idioma de la clase obrera de Cataluña, a pesar de que cientos de miles de obreros no lo hablen todavía, es el de la nación, y del pueblo del cual forman parte, el catalán". Y ya en 1977 la propuesta del PSUC a través de Francesc Vallverdú como ponente en la mesa redonda de Política lingüística a l’escola selló la identificación de lengua y nación, identidad y construcción nacional: "A través de la lengua se establece la identidad nacional". De estos polvos y otros muchos se llegó al uso exclusivo de la lengua catalana en la escuela como lengua docente a través de la inmersión, y con ella a la inmersión en lengua y contenidos nacionales que ha sido la base del adoctrinamiento independentista y a la disolución de la izquierda en el hecho nacional que ha propiciado el procés a la independencia. Hoy, las fuerzas más radicales de izquierdas son a su vez las más independentistas. Con la CUP a la cabeza. No deberíamos olvidar nunca que en el origen de la inmersión lingüística y el adoctrinamiento escolar (después extendido a medios, instituciones, asociaciones cívicas, etc.) que lo ha posibilitado todo estuvo la izquierda, especialmente el PSUC y el PSC, y no Pujol (me refiero a la inmersión), que en un principio no la creía posible, pero a la que se unió inmediatamente. De hecho, los objetivos del PSUC siempre fueron los de la construcción nacional, aceptando transitoriamente para su maceración en espera de tal objetivo la autonomía y los gobiernos regionales.

En el caso del PSC, la colaboración ha sido fundamental para neutralizar y alienar la fuerza emancipadora de la población obrera y castellanohablante del cinturón industrial de Barcelona. En nombre del catalanismo, la cohesión social y la integración (eufemismo de la asimilación) ha destruido la autoestima de esta población foránea de sus propios orígenes culturales, lingüísticos y nacionales para ponerlos al servicio del nacionalismo. En nombre del catalanismo, el gran legitimador de todos los atropellos. Este mantra clasista, al modo y manera de la mantequilla de Marlon Brando en El último tango en París, ha servido para ocultar el huevo de la serpiente nacionalista y dormir con buena conciencia. El punto de no retorno se dio en 1980 en las negociaciones del primer Gobierno de Pujol a la Generalidad. Para visualizarlo, retrocedamos al origen del PSC, a finales de los años 70. Allí encontraremos el origen oculto y ocultado de una estrategia nacionalista cuyo interés fue poner los fines nacionalistas por encima de la ideología socialista, por entonces propiciada por el PSOE reconstituido después de la dictadura.

Cuenta Oriol Bohigas, en Entusiasmos compartidos y batallas sin cuartel, que, en 1977, el que llegaría a ser líder del PSC, Joan Reventós, presidente en esos momentos de Convergencia Socialista de Cataluña, le advirtió (así como a Josep Maria Castellet) del "peligro de un triunfo en solitario del PSOE". Por entonces, la Federación Catalana del PSOE, dirigida por Josep M. Triginer, tenía gran implantación social, pero no era nacionalista, mientras el Reagrupament, dirigido por Josep Pallach, era nacionalista pero sin implantación social. Ante ese panorama, Joan Reventós advierte a sus dos amigos de que la única salida era aliarse con el PSOE.

Esta situación tenía una doble ventaja: se aseguraban los votos populares propios del partido de González y se garantizaba el catalanismo gracias a Convergencia. Lo que no dijo Reventós, o no recoge Bohigas en sus memorias, es que los catalanistas irían a la cúpula mientras el PSOE ponía el cuerpo militante y electoral. Así se tendría una izquierda 'propia', una lengua 'propia', una cultura 'propia'.

(C. A. de los Ríos, La izquierda y la nación, Planeta, 1999).

Muchos años después, con motivo de la presentación de sus memorias de embajador, el líder socialista Joan Reventós se responsabilizaba de la hegemonía del nacionalismo:

Yo rechacé el pacto con Pujol porque los socialistas nos hubiéramos partido en dos mitades. Y preferí la hegemonía de Pujol a que en Cataluña se instaurara con fuerza una opción lerrouxista.

La pedagogía del odio a España y al obrerismo foráneo ya está presente en estas intenciones. El supremacismo actual, como ven, viene de lejos.

El mal ya está hecho, hoy la hegemonía moral de la sociedad catalana reside en el nacionalismo, no en el ideal de una sociedad más justa. Izquierdas y derechas, antes que nada, ponen el acento en la ruptura con el resto de los españoles con la esperanza de que su mayor renta per cápita revierta exclusivamente en los de casa nostra. La aspiración más insolidaria, egoísta y contraria a los ideales de la izquierda que nos pudiéramos imaginar.

Y por si el fiasco no fuera suficiente, las nuevas izquierdas llegadas de la mano de Pablo Iglesias (Podemos) y de Ada Colau (En Comú Podem) se amarran a la ubre nacionalista de las nuevas generaciones alienadas en el plurinacionalismo con el descaro pragmático-electoral de un broker de Wall Street.

Es preciso imaginar otra izquierda en Cataluña, o si quieren, simplemente una izquierda, que defienda la soberanía española como espacio del bien común, como nación de ciudadanos libres e iguales, en espera y mientras construimos la soberanía más amplia de la UE y más tarde, cuando las circunstancias lo permitan, de la soberanía extendida a toda la humanidad.

¿Por qué? Porque en buena medida, la izquierda ha sido la causante, por inhibición, de la hegemonía moral del nacionalismo identitario. Un error, un complejo, una traición a la igualdad de todos los ciudadanos españoles frente a los privilegios de los territorios. En gran parte proviene de la confusión que la izquierda arrastra desde la dictadura entre el régimen franquista y el Estado español. El nacionalismo de Franco estuvo tan obsesionado en identificar su régimen con España, que la izquierda hace lo imposible por distanciarse de España para defenderse del estigma franquista. Un disparate. Es como si la izquierda alemana actual confundiera el régimen nazi con Alemania.

No se entiende que partidos nacidos para defender la igualdad de los ciudadanos frente a las desigualdades sociales se dediquen a apuntalarlas cuando tales desigualdades las defienden los territorios. Que lo haga la derecha es parte de la lógica de su ideología; que lo defienda la izquierda es un atentado contra todos los principios que la inspiraron históricamente. La impostura no puede ser mayor: persiguen la igualdad económica entre los ciudadanos tomados uno a uno, pero sacralizan la desigualdad económica de los territorios; detestan a los ricos, pero si los ricos son los territorios, entonces pasan por alto su corrupción y reclaman para ellos la soberanía suficiente para poder seguir actuando sin controles ni molestias. Es decir, exigen privilegios, reclaman paraísos para las rentas más altas y se desentienden de los obreros, pensionistas y parados de las comunidades más pobres. Una izquierda nunca vista. Parece que desconocieran, por ejemplo, que miles de pensionistas de determinados territorios no podrían cobrar sus pensiones sin los excedentes de los más pudientes. Esa falta de un proyecto emancipador de la izquierda frente al nacionalismo disgregador ha provocado una agudización de las diferencias económicas, sociales, culturales y lingüísticas entre los españoles en función de dónde vivan. Todo ello camuflado por el lenguaje ambiguo y tóxico que la izquierda ha tomado de los nacionalistas, y que ha dejado indefensos intelectualmente a muchos demócratas. Al no denunciar el carácter antidemocrático de los nacionalismos, se ha ido permitiendo una deslegitimación del sujeto de la soberanía nacional: el pueblo español; o sea, el conjunto de los ciudadanos.

La derecha ha pactado y entregado de manera irresponsable un poder incontrolado a los nacionalistas. Ha sido incapaz de aplicar la ley y defender la Constitución en temas esenciales. Y la izquierda no ha sabido defender una idea democrática de la nación española. Ha permitido poner en duda su legalidad y su legitimidad.

El secesionismo es incompatible con los valores de la izquierda, con la defensa de la igualdad y la preocupación por mejorar la vida de todos los trabajadores; valores que están por encima de supuestos derechos históricos predemocráticos y de los intereses de las burguesías territoriales codiciosas y a menudo corruptas, camufladas bajo una nueva clase transversal nacionalista de carácter retrógrado, étnico y actitudes prefascistas. Lo que se conoce con el nombre de fascismo postmoderno.

Pero la soberanía nacional española no es un fin en sí mismo, sino sólo un tránsito inevitable a la soberanía europea, que tarde o temprano nos hará iguales en derechos y obligaciones a todos los ciudadanos de este viejo continente, independientemente de dónde fijemos nuestra residencia. Y más tarde, en cuanto se den las condiciones objetivas de tal posibilidad, tal soberanía habrá de alcanzar al mundo entero, al conjunto de los seres humanos. El ideal de la izquierda y la plasmación de un mundo en paz que Immanuel Kant imaginó en aquel opúsculo ilustrado de La paz perpetua.

Mientras tanto, y como medidas urgentes, la izquierda en Cataluña ha de combatir el relato insolidario del nacionalismo, sus mentiras históricas, denunciar la antigualla de los derechos históricos propios del Antiguo Régimen, acabar con la inmersión lingüística y el adoctrinamiento escolar, devolver la libertad lingüística a todos, emanciparse de todos los sofismas del derecho a decidir, de la pedagogía del odio del expolio fiscal, poner luz y taquígrafos a la corrupción generalizada que se oculta tras la estelada y se justifica con el cuento de la nación oprimida. Denunciar el fascismo posmoderno contra la separación de poderes, salir a la calle contra el golpe institucional, defender la Constitución que garantiza el Estado Social y Democrático de Derecho, reivindicar a España como espacio del bien común y la garantía de la igualdad de todos en sanidad, educación, infraestructuras, servicios sociales, acceso a la vivienda o al trabajo con una progresividad fiscal donde paguen más los que más tienen, sin privilegios territoriales ni derechos históricos.

Hoy en España millones de personas se han empobrecido a causa de una crisis que no la han provocado ellos, sino la economía financiera-especulativa y la corrupción económica de políticos nacionales y gobiernos autonómicos. Las pensiones están en peligro, las mujeres cobran menos y sufren mayor paro, la ley de dependencia solo es un árbol de navidad con muchos regalos de colores colgados, pero vacíos por dentro, zonas enteras del territorio nacional se quedan sin gente y otras muchas han de salir de nuestras fronteras para buscarse la vida… Mientras tanto, un mundo nuevo lleno de robots y paro estructural condena a la miseria a millones de personas. Hoy la renta básica universal, las ayudas de subsistencia a colectivos marginados por la edad o con problemas de adaptación por mil dificultades son angustias que hay que resolver, y todo ello en un ecosistema en peligro que hemos de preservar para las generaciones venideras.

De estos y otros muchos problemas sociales se ha de ocupar la izquierda, y no del derecho a decidir si la casta privilegiada de una comunidad determinada tiene derecho a vivir por encima de los más desfavorecidos.

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