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Cataluña en el corazón

Los nacionalistas aprendieron que no se trata de gobernar, sino de convertir el Estado en herramienta para hacer a la sociedad dócil a su proyecto totalitario.

Asís Tímermans
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Era ocho de octubre, y manifestación fue solo la palabra clave que desató la alegría y sacó a la calle lo que apenas comenzaba a asomarse al balcón.

De los millones que en toda España sentían la necesidad de actuar, unos miles viajaron a Barcelona como quien responde a la llamada de socorro de un amigo. Grupos de amigos y padres con hijos que no acostumbraban a hablar de política se sorprendieron compartiendo la ilusión de acudir a Barcelona a acompañar durante unas horas a sus compatriotas.

Pero la explosión se concentraba en el nordeste. Familias de lengua materna catalana cantaban agradecidas desde el balcón el himno de la Guardia Civil. Ancianos matrimonios de mirada orgullosa y valiente se anudaban al cuello la enseña nacional y la catalana de idéntica forma que los grupos de jóvenes encaramados a vallas y pedestales para ver mejor. ¡Y para que se les viera mejor! Algo inaudito en la Cataluña silenciada.

Grupos de amigas se citaban por whatsapp –vamos a la mani, ¿verdad?– como quien acude a una fiesta. Y antes de salir se vestían para la ocasión, publicando con orgullo en las redes sociales su mejor sonrisa al proclamar que "a defender a España se va guapa o no se va".

Aunque nada cambiase, todo fue distinto. La angustia de los acontecimientos que vinieron –el matonismo nacionalista disputándose la calle, el atropello del pensamiento único, el golpe de Estado retransmitido y la reacción del Gobierno con la confusa convocatoria de unas elecciones difícilmente libres– no se vivió ya en la discreta clandestinidad y el callado temor: las banderas siguieron colgadas en los balcones, y la ilusión en los corazones. Y la esperanza luchó por abrirse paso.

No se trataba de política y poder. Por eso fingieron no entenderlo los poderosos y los políticos que quieren hacer de nuestras vidas mero instrumento de sus ansias. Se trataba del sencillo coraje de ser libre frente a la imposición política que pretende convertir cultura, idioma, historia o recuerdo en cuestión política, y por tanto ajena a la voluntad y el corazón de cada uno de los ciudadanos de Cataluña. Y de toda España.

Los nacionalistas aprendieron hace mucho que no se trataba de gobernar, sino de convertir el Estado en herramienta para hacer a la sociedad dócil a su proyecto totalitario. No es la educación el único recurso: el nacionalismo conforma lo catalán como lo opuesto a lo español, para luego conseguir que en ningún campo de la vida política, social, cultural, económica y aun familiar pueda vivirse de una forma distinta.

Nunca se alejó tanto la intención de los gobernantes de la necesidad de los gobernados. Los catalanes que han paseado su sonrisa y su esperanza por las calles de una Cataluña en las que estuvieron prohibidas necesitan unos dirigentes a la altura. Quizá sea necesario más sufrimiento para que la mayoría de los catalanes reaccione. O quizá haya sido suficiente asomarse al abismo que millonarios, poderosos y políticos –de los que Roures, Godó y Puigdemont son sólo sus más patéticos representantes– no han conseguido del todo ocultar. Empezamos a merecer todos los españoles que tanto nefasto personaje deje de ser obstáculo para nuestra libertad.

Ha despertado mucho más que un sentimiento. Es la evidencia –tras treinta y cinco años de coacción, dinero y mentiras– de lo que heredamos de nuestros padres y transmitiremos a nuestros hijos: que ser catalán es una de las formas –hoy la más difícil, y por eso la más preciosa– de ser español.

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