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Netanyahu y la supervivencia de Israel

Si Obama y Kerry están equivocados, Estados Unidos puede vivir con ese error. Israel, probablemente no.

Carlos Alberto Montaner
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Todavía reverberan en el ambiente americano las palabras del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ante el Congreso. Vino a decir que el acuerdo entre Washington e Irán es un mal pacto porque permite a los iraníes continuar enriqueciendo uranio de manera creciente, es decir, construir bombas nucleares, mientras pretenden que están haciendo otra cosa. Simultáneamente, dentro de Irán arrecia la violación de los derechos humanos, y fuera son cada vez más las acciones terroristas de grupos como Hezbolá y Hamás auspiciados por los ayatolás de Teherán.

Para Netanyahu, acudir a Washington no fue una decisión fácil. Iba a contrariar al presidente Obama y a su canciller, John Kerry, con quienes no es un secreto que se lleva muy mal. Por otra parte, Israel necesita del apoyo de Estados Unidos y no resulta conveniente enfrentarse públicamente a la Casa Blanca. Sin embargo, Netanyahu eligió pronunciar ese discurso ante el Congreso por una razón muy clara: mientras que un Irán dotado de armas nucleares es un problema de seguridad para Estados Unidos, para Israel es una cuestión vital de supervivencia.

Una teocracia como la iraní, dotada de bombas atómicas y persuadida de que Alá está de su parte y de que Mahoma se lo ordena, puede asestar un golpe demoledor contra Israel para tratar de aniquilar al pequeño país de un zarpazo nuclear. Por otra parte, un Irán armado con un arsenal nuclear es una invitación a que otros países de la zona con recursos y capacidad técnica hagan lo mismo.

Arabia Saudí, un país sunita gobernado por una familia real poderosísima, vería con terror que los chiitas iraníes tuvieran bombas nucleares y ellos construirían un armamento similar. Lo mismo haría Turquía, potencia de la zona hasta que se disolvió el califato en 1924, hoy mucho más fundamentalista y, aparentemente, de regreso de la aventura prooccidental de Mustafá Kemal Ataturk.

En todo caso, ya hay un país musulmán que dispone de armas nucleares, Pakistán, que comparte fronteras con Irán, y aunque el 80% de sus 170 millones de habitantes son suníes, eso coloca la energía atómica al alcance de los persas o de las naciones árabes ricas dispuestas a pagar por su asesoría.

Es obvio: el problema de un Irán con armas nucleares no es sólo el inmenso riesgo de que ataque a Israel y desate un infierno en el Medio Oriente, sino el hecho de que provocará la proliferación de este tipo de armamento y el mundo será un lugar mucho más inseguro.

Hizo bien Benjamín Netanyahu en tratar de impedir este fenómeno. Si Obama y Kerry están equivocados, Estados Unidos puede vivir con ese error. Israel, probablemente no.

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