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Carmelo Jordá

Además de rojos, cursis

Si estos se ponen a dar paseíllos, vamos a estar deseando que nos apiolen con tal de dejar de escuchar tanta gilipollez.

Carmelo Jordá
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Qué habrá sido de aquellos recios obreros dispuestos a partirse la cara –y abrir unas cuantas cabezas, ya de paso– en una huelga o una manifestación; de los revolucionarios capaces de dar su propia vida –y muchas ajenas– por el triunfo de la clase obrera; de los dirigentes que ordenaban sin inmutarse la muerte, ora de un compañero de partido, ora de una molesta población de unos cuantos miles empeñada en estorbar los planes quinquenales.

No, no es que me parezca bien el grado de salvajismo y la violencia extrema con la que la izquierda más radical se ha venido comportando en medio mundo –básicamente, allí donde ha podido– en los últimos 150 años, pero uno casi lo echa de menos al ver el grado de cursilería que es capaz de alcanzar nuestra actual siniestra, que ha cambiado la garrota y el AK-47 por el ripio fácil, la frase hecha y la lagrimita siempre colgando, que es una cosa muy de cocodrilos.

Una faceta de este fenómeno ya la analizó con singular brillantez Santiago González en su espléndido Lágrimas socialdemócratas, la mejor crónica de cómo el "desparrame sentimental" del zapaterismo servía, mal que bien, para ocultar la inanidad ideológica de aquel nuevo PSOE que nos tocó sufrir.

Ahora, como casi todo, el virus ha infectado a la izquierda más allá de los socialistas, y son los líderes de Podemos –no en vano hijos putativos de ZP– los que descuellan especialmente en esto de emocionarnos no sólo con sus libros sino en cada discurso, en todos los párrafos de sus artículos y tuit a tuit.

Al igual que a la hora de hacer informes monetarios y declaraciones de Hacienda, el mejor en esto es Juan Carlos Monedero: el autor del famoso "Orinoco triste paseándose por mis ojos" daba esta semana "voz de acantilado" a un muerto para que hablase con otros muertos, porque además de cursis estos neorrojos son muy necrófilos. El hombre escribe de una forma tan almibarada que le tengo dicho a un amigo diabético que no se le ocurra leerle nada, no sea cosa que le de un jamacuco con tanto azúcar sentimental.

Como a las folclóricas, a estos rojos cursis todo les sale de muy adentro, en cada frase parece que nos regalan un pedazo de su alma y uno les ve vivir con una intensidad que en cualquier momento pueden estallar o simplemente levitar. A mí me dan un poco de pena: debe de ser muy difícil vivir con el peso de tanta preocupación, tanta empatía y tanta solidaridad con todos y cada uno de los miembros de la raza humana… menos los de la casta, claro.

Porque al final yo me malicio que toda esta intensidad es lo que hoy en día se conoce como postureo, y en el fondo Monedero ni tiene un Orinoco en los ojos –qué molesto sería, por cierto–, ni sabe qué voz tiene un acantilado ni es tan distinto de los rojos de la checa de toda la vida; con la diferencia, eso sí, de que si estos se ponen a dar paseíllos, vamos a estar deseando que nos apiolen con tal de dejar de escuchar tanta gilipollez.

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