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Carmelo Jordá

Albert Rivera

A Rivera muchos le piden que salga de Cataluña. Sería una agradable novedad, quizá hasta podríamos ir a votar con cierta ilusión y algo de convicción.

Carmelo Jordá
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A Rivera muchos le piden que salga de Cataluña. Sería una agradable novedad, quizá hasta podríamos ir a votar con cierta ilusión y algo de convicción.

A falta de que José María Aznar vuelva o no, y con Esperanza Aguirre más o menos retirada de la primera línea, probablemente Albert Rivera sea el político con más talento de España. Le escucho este martes en el Club S XXI y escucho, una vez más, un discurso coherente, cabal, inteligente. Es decir, una auténtica rareza.

Un discurso que, en el colmo de la provocación, Albert pronuncia sin leer –lo que no quiere decir sin preparar–, demostrando que es posible dar una conferencia sin leerla como un papagayo o, casi sinónimo, como un político español, que tienen leer los dos minutos y medio de pregunta parlamentaria en una sesión de control.

Rivera tiene las formas suaves y respetuosas que tanto le alaban a Durán y Lérida –como decía José María García de cierto famoso futbolista: "Ni una mala palabra ni una buena acción"–, pero además esa elegancia la acompaña con algo tan peligroso como una buena colección de ideas, la mayor parte de ellas muy razonables, para más inri.

La diferencia ya resulta abismal si lo comparamos con los adefesios parlamentarios a los que el líder de Ciutadans se enfrenta en el parlamento catalán, donde a la inanidad intelectual de personajes como Navarro o Sánchez Camacho podemos sumar lo de Junqueras y Mas, que es bastante peor. En ese hemiciclo tomado por la locura o la estupidez, Rivera ha hecho alguno de los discursos más importantes de los últimos años, aunque lo más probable, y lo más triste, es que ya sea tarde para los catalanes, destinatarios primeros de esas palabras.

Pero aunque allí sea donde hacen más falta, las ideas y la forma que tiene este joven político de expresarlas trascienden la realidad catalana, su mensaje puede –y debería– aplicarse a toda España. Sus propuesta de devolver protagonismo a la sociedad civil, de "cuidar la democracia día a día" o de construir "un proyecto atractivo de país, pero no a la medida de los que nunca van a estar conformes", son tan válidas en Gerona como en La Coruña o Huelva, porque, como bien ha dicho él mismo este martes, "cualquier rincón de Cataluña es exactamente igual que cualquier rincón de España". Y compartimos muchos problemas, añado yo.

Por supuesto, no estoy de acuerdo con todo lo que defiende Albert, y de hecho le recomendaría rodearse de dos o tres buenos asesores económicos, pero eso no significa que escuchar a un político que desconfía de los políticos profesionales, que cree en la sociedad civil y que encima dice todo esto sin caer en la demagogia fácil no sea vivificante.

A Rivera muchos le piden que salga de Cataluña y él, prudente, se deja querer, pero no dice ni sí ni no. Sería una agradable novedad, quizá hasta podríamos ir a votar con cierta ilusión y algo de convicción.

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