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Cuatro mociones y un funeral

Podríamos encontrarnos con la eventualidad de que Sánchez se viese en la Moncloa con 84 diputados y un problema mayúsculo en lugar de un Gobierno.

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Moción de censura, moción instrumental, moción de la dignidad, moción de ética, moción ni pa ti ni pa mí… la vida política española se puede convertir en una sucesión de mociones que por ahora no parecen tener otro sentido que alimentar la vanidad de líderes y estrategas que sienten la necesidad de hacer algo antes de lo haga el de enfrente, no sea cosa que Ferreras le dé más minutos de pantalla que a mí.

Porque a estas alturas ese parece el eje central de cualquier mecanismo político que se ponga en marcha en España, y uno diría que el Parlamento, en lugar de la sede de la soberanía nacional, es la sala de espera del plató de La Sexta. Otra cosa muy distinta es que, cuando echan a rodar, las mociones tienen algo de bola de nieve que no sabemos dónde parará, así que incluso podríamos encontrarnos con la eventualidad de que Sánchez, por ejemplo, se viese en la Moncloa con 84 diputados y un problema mayúsculo en lugar de un Gobierno.

Pero eso no pasa por las cabezas de los asesores áulicos y arriólicos, pendientes sólo de sumar y restar votos y de demostrar con gráficos trucados que con tal movimiento se ganará medio punto entre los jóvenes y tres diputados en Murcia, La Coruña y Cádiz, y con tal declaración ocho décimas entre los mayores y el escaño en disputa en Albacete.

Incluso los que estamos deseando que Rajoy y su Gobierno, nefastos en tantas cosas, den paso a otro ciclo en el que el encargado de tomar las decisiones tenga algún interés en tomarlas sentimos cierto vértigo, y sobre todo mucho asco, al ver las irresponsables manos en las que descansa una parte importante de nuestro futuro.

Pero, en lugar de ante una perspectiva razonable de cambio, estamos entre mociones, las pasadas, las presentes y las futuras, algunas de nombres extraños y propósitos estrambóticos, y, junto con todas ellas, un funeral: el de una política basada en un proyecto de país serio, a medio y largo plazo, una política pensada de verdad para afrontar los graves problemas que va a tener que abordar España en los próximos años y no los próximos minutos de la escaleta televisiva.

Porque la corrupción es muy mala, sí, pero igual las comisiones por obra pública no son una amenaza tan grande para la democracia como no saber qué hacer con ella.

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