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Carmelo Jordá

El martes, milagro

Lo que fue imposible durante meses ha cristalizado como un diamante en menos de 48 horas. Es un milagro político.

Carmelo Jordá
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Lo que fue imposible durante meses ha cristalizado como un diamante en menos de 48 horas. Es un milagro político.
EFE

Lo que fue imposible durante meses ha cristalizado como un diamante en menos de 48 horas. Es un milagro político: en un suspiro han caído los vetos, se han prometido los ministerios que eran innegociables, han terminado los problemas de insomnio, se han reconciliado los opuestos y la confianza entre aquellos que desconfiaban ha brotado como una flor. A una velocidad de vértigo, lo que era una tortuga se ha convertido en guepardo, el trasatlántico incapaz de virar ha girado como una piragua y todo, tal y como suele pasar cuando Pedro Sánchez anda de por medio, sin el más mínimo disimulo.

El acuerdo que hoy anuncian PSOE y Podemos puede ser un desastre para España, y de hecho estoy convencido de que si se concreta lo será; pero, para empezar, o bien ha recibido algún tipo de ayuda celestial –lo que sería muy mal inicio para un Gobierno de izquierdas y laico–, o es sobre todo la constatación de una gran tomadura de pelo a un país al que se le ha hecho ir a las urnas dos veces en seis meses y al que se ha tenido medio año en una inestabilidad absoluta, mientras se hablaba de lo necesaria que era la estabilidad.

Entre tanto, llama la atención la incapacidad que transmite un centro-derecha que da la impresión de no enterarse de nada, de ir siempre a remolque, cuyos partidos parece que siguen obsesionados por marcarse unos a otros y que de nuevo ha fracasado en hacer entender a la opinión pública la situación real a la que se enfrenta España, que es ni más ni menos que un Gobierno bolivariano sostenido por los separatistas. La repera, vamos.

Volviendo al pacto: a estas horas no sé todavía si realmente hemos asistido a un milagro de verdad que ha hecho posible el hasta hoy imposible pacto de Gobierno, un acuerdo realmente negociado entre las dos partes que lo anuncian y que de alguna forma ya se tiene apalabrado con las demás cuyo apoyo es necesario; a algo que, sin ser tan prodigioso, sí es un esfuerzo sincero para que otros puedan adherirse lo antes posible; o, como los milagros falsos de San Dimas que se repetían cada jueves, a una operación más de marketing político en la que cada uno de los participantes busca una cosa distinta y que al final sólo será el primer acto de la nueva campaña electoral.

Por cierto, no crean que lo milagroso es necesariamente bueno: la Biblia nos enseña que la intervención divina a veces tiene daños colaterales, por ejemplo en Jericó, cuyas murallas se derrumbaron milagrosamente para que el pueblo de Israel pasase a cuchillo "a todo hombre y mujer, joven y anciano", así como a "las vacas, las ovejas y los burros". Y ya les digo yo que en este milagro, si es que lo es, a nosotros no nos toca el papel de los israelitas.

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