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Estado más allá de la muerte

Sucesiones no es el único expolio que sufrimos camino del más allá: el IVA de los servicios funerarios sigue tan campante al 21%.

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David Alonso Rincón

Que ni tan siquiera la cruel parca es capaz de librarnos de la voracidad del Estado es algo que el impuesto de sucesiones nos ha enseñado de sobra: ese robo institucional que perpetran los ladrones -estoy hablando obviamente desde un punto de vista moral- que incluso después de muertos asaltan nuestro patrimonio o el de nuestros seres queridos sin otra razón que llenarse el buche con el que es, diga lo que diga la Ley, el atraco a BOE armado de un dinero del que somos tan moralmente propietarios que da hasta vergüenza tener que explicarlo.

No es el único expolio que sufrimos camino del más allá: tras muchas promesas -en vano, como casi todas las de los políticos- el IVA de los servicios funerarios sigue tan campante al 21%, para que todas nuestras vidas sean una copia inversa de las del Cid y dejemos este mundo derrotados por otro rejonazo fiscal en lugar de victoriosos contra el moro.

Un IVA que, además, se ve generosamente engordado por una serie de regulaciones que, miren que casualidad, ponen esos mismos políticos que luego se van a llevar la pasta, y que no digo yo que esto deba ser una selva en la que se puedan tirar los muertos por la ventana como en tiempos de la Peste, pero que ustedes saben tan bien como yo que quizá no sería necesario tanto ni, sobre todo, tan caro.

Esto nos lleva a la noticia que me ha hecho escribir esta columna: la pretensión del Gobierno de la Comunidad Valenciana de prohibir la incineración de gordos, porque eso daña el medioambiente. La Generalidad, además, regulará también cómo deben vestir los cadáveres que vayan a ser quemados, todo sea por un humo de primera.

No voy a entrar en el hecho de que se plantea la cosa como si los crematorios estuviesen echando humo las 24 horas de los 365 días del año como si fuesen un alto horno; ni creo que valga la pena comentar el hecho de que a los pobres gordos estas prohibiciones no les van a suponer, pongamos por ejemplo, una generosa bajada del IVA que les compense un poco por las molestias, no: el contribuyente no tiene otro derecho que pagar y callar o, en este caso, morir.

Eso sí, reconózcanme que hay que ser un genio -del mal, pero un genio al fin y al cabo- para llevar la presión del Estado a un grado tan humillante como que tengas que ponerte a dieta antes de morirte, no sea cosa que emitas gases como un diésel y toda la vida en el planeta perezca por tu culpa. A este paso, por cierto, no se extrañen de que pronto llegue una prohibición de la flatulencia y con ella el final de un negocio tan honesto y entrañable como la fabada Litoral.

Estado más allá de la muerte, diría el gran Quevedo, que si escribiese hoy sobre "la postrera sombra que me llevare el blanco día" seguramente haría una reflexión algo menos romántica y algo más agria: polvo serán, diría, mas polvo acribilladito a impuestos.

Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad Digital. Puede seguirlo en Twitter.

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