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Carmelo Jordá

Tomás y no digamos más

No es del todo descartable que Tomás sea un submarino del PP –o del PC–, con el secreto designio de hundir para siempre a los socialistas en Madrid.

Carmelo Jordá
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No es del todo descartable que Tomás sea un submarino del PP –o del PC–, con el secreto designio de hundir para siempre a los socialistas en Madrid.

Pocas cosas puede haber tan humillantes en la vida de un político como que, a la hora de presentarte, el presidente de tu partido no se acuerde de tu nombre. Le pasó, lo recordarán, al líder de los socialistas madrileños en una campaña hace algún tiempo, cuando vio desde la primera fila cómo el ínclito Chaves dudaba, se trastabillaba y zanjaba la cuestión con el ya histórico "Tomás y no digo más".

No decía más y, la verdad, no es que haya mucho más que decir: a estas horas, después de llevar más de cuatro años en el machito, tras ganar unas primarias y perder por clamorosa goleada unas elecciones, seguimos sin poder contar mucho más de él, más allá de que surgió de la nada para llegar a la alcaldía de Parla –y a ser el alcalde más votado de España–, para volver luego a algo que, si no es la nada, se le parece mucho.

Una nada gritona, malencarada y en no pocas ocasiones un tanto maleducada, a veces por su propia voz y en otras, que son las más, por persona interpuesta: allá van sus diputados en la Asamblea de Madrid, jueves sí, jueves también, a llamar corrupto a Ignacio González, franquista a toda la bancada popular y a acusar a dos o tres consejeros de delitos varios.

Nadie encuentra una explicación muy clara a esta estrategia de Tomás, que tiene la arena política de la Comunidad de Madrid convertida en un lodazal pero que a cambio de tanta lucha en el barro no obtiene rédito político alguno, más bien al contrario: a este paso logrará el hito histórico de ser el primer líder regional del PSOE sorpassado por IU.

Sin embargo, yo veo hasta dos posibles razones para este extraño y suicida comportamiento: la primera, menos plausible pero no del todo descartable, que Tomás sea un submarino del PP –o del PC–, con el secreto designio de hundir para siempre a los socialistas en Madrid. La segunda, que es por la que yo apostaría, que el líder del PSM no sepa diferenciar una oposición dura de una oposición brusca o, si me apuran, de una oposición burra.

Así las cosas, entre insulto e insulto uno piensa en la carrera política de Tomás –sí, ya sé que tengo aficiones extrañas– y la verdad es que no tiene demasiada buena pinta: al paso que va, en Madrid lo único que hará será apoyar un Gobierno de IU –y recemos todos para no llegar a ver tal posibilidad–; y en el PSOE, que parece ser su objetivo real, los tiempos son tan de muda y tremolina que las posibilidades del sutil líder del PSM de hacer algo en Ferraz son, aproximadamente, las mismas que tengo yo.

Lo más probable, al cabo, es que, a excepción de los parleños que seguirán pagando sus deudas, dentro de algún tiempo tratemos hacer memoria y lo único que recordemos de su carrera sea la maravillosa anécdota que les recordaba al principio: cuando fue bautizado como "Tomás y no digo más". Pues eso, no digamos más.

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