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1980

Su objetivo es combatir el olvido y que se cuente la verdad de lo que ha sido la historia del terror causado por ETA desde 1959.

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Desde hace ya bastantes años, el cineasta vasco Iñaki Arteta vive su compromiso personal y ético con las víctimas del terrorismo y con la causa de la libertad en su querida tierra natal a través de lo que mejor saber hacer: películas y documentales –Trece entre mil, El infierno vasco o Voces sin libertad son las mas conocidas– en que los protagonistas son las propias víctimas y el objetivo, algo tan importante y básico como combatir el olvido y que se cuente la verdad de lo que ha sido la historia del terror causado por ETA desde 1959.

Arteta está trabajando desde hace tiempo en un documental que lleva por título 1980, en referencia al año con mayor número de asesinatos de ETA: un total de 98, lo cual equivale a casi un asesinato cada tres días. Tanto los años inmediatamente anteriores como los posteriores fueron lo que, en acertada definición de las periodistas Isabel San Sebastián y Carmen Gurruchaga, se denominó "los años de plomo". Años donde los funerales que tenían lugar en el País Vasco eran vergonzantes, con el féretro del guardia civil, policía nacional o militar de turno saliendo por un lateral de la iglesia para ser trasladado en el coche fúnebre a la localidad de origen del asesinado, normalmente un pueblo de Andalucía, Extremadura, Galicia o Castilla-La Mancha.

Uno de los atentados que se cometió aquel año de 1980 tuvo lugar el 10 de enero en Vitoria, a primera hora de la mañana. El jefe del Cuerpo de Miñones –la policía foral alavesa– era el comandante del Cuerpo de Caballería Jesús Velasco Zuazola. Acababa de dejar en la puerta del colegio de las Ursulinas, ubicado en una céntrica calle de la capital alavesa, a dos de sus cuatro hijas y a una compañera de clase de estas. Cien metros mas allá, cuando se detuvo ante un paso de cebra, dos terroristas de ETA le dispararon, causándole la muerte en el acto. Jesús Velasco estaba casado con Ana María Vidal Abarca, una mujer fuerte y ejemplar que, años más tarde –junto a Sonsoles Álvarez de Toledo e Isabel O’Shea–, fundaría y presidiría la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT).

Amablemente, Iñaki Arteta me planteó hace ya tiempo colaborar con mi testimonio en su documental, a lo que accedí inmediatamente. En 1980 yo era un joven periodista que trabajaba en Vitoria en un periódico vespertino, el Norte-Express, y en la corresponsalía de la agencia EFE. Este sábado estuve en la capital alavesa reconstruyendo las circunstancias del atentado con Begoña Velasco Vidal Abarca, una de las dos hijas de Jesús Velasco que aquel fatídico día del 10 de enero de 1980 se despidieron de su padre por última vez a las puertas del colegio. Como me ha pasado con prácticamente todas las víctimas del terrorismo a las que he conocido y tratado, lo primero que me llamó la atención en el comportamiento y en el relato de Begoña fue la ausencia del menor atisbo de odio o rencor. Lo cual es absolutamente compatible con que, transcurridos treinta y tres años, el dolor y la emoción al recordar aquellos momentos estuvieran lógicamente presentes en su relato.

Y también me llamó la atención, en este caso de forma negativa, otro hecho, en el que no tiene ninguna responsabilidad la familia de Jesús Velasco. Junto al paso de cebra donde fue asesinado este, el Ayuntamiento de Vitoria colocó hace unos años –era alcalde el actual portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, Alfonso Alonso– una placa que se supone pretendía ser un homenaje y un recuerdo al jefe de la policía foral alavesa.

Cualquier viandante que pase por allí y no conozca lo que sucedió en aquel lugar –lo cual, transcurridos treinta y tres años, es lógico pensar que sea el caso de muchos vitorianos– no sabrán muy bien el porqué de esa placa, ya que en ella sólo figura el nombre de Jesús Velasco, la fecha del 10 de enero de 1980 y una frase de un poeta del que no recuerdo el nombre y que sirve para un roto y para un descosido. Ni la más mínima referencia a que la persona cuyo nombre está en la placa murió allí como consecuencia de un atentado terrorista cometido por ETA. Una vez más, volví a comprobar el miedo, los complejos, la cobardía que han atenazado a las instituciones vascas, incluso en este caso a una gobernada por el PP, a la hora de contar la verdad y hacer frente a la barbarie terrorista.

Antes de la reconstrucción del atentado de Jesús Velasco con su hija Begoña me topé en la prensa con la foto del terrorista Valentín Lasarte –autor material o colaborador de los asesinatos, entre otros, de Gregorio Ordóñez y Fernando Múgica Herzog–, paseando tan ricamente por delante del cuartel de la Guardia Civil de la localidad navarra de Lodosa, donde ha disfrutado de tres días de permiso penitenciario. Al final del día, de regreso a Madrid, pensé que algo se ha hecho mal, muy mal, para que se pueda producir esa foto, o la del torturador/secuestrador de Ortega Lara, el etarra Josu Bolinaga, en Mondragón ocho meses después de que el ministro del Interior de un Gobierno del PP impulsara su puesta en libertad concediéndole el tercer grado penitenciario porque tenía una enfermedad terminal.

Para intentar paliar mi tristeza y mi rabia por estos hechos pensé en la viuda de Jesús Velasco, Ana María Vidal Abarca, en sus cuatro hijas y en tantas víctimas del terrorismo que nos han dado a todos durante tantos años un gran ejemplo de dignidad y de fortaleza moral. Y me acordé de la reflexión hecha por otra víctima del terrorismo, Mikel Buesa, hace ya unos años: "Las víctimas hemos renunciado a la venganza porque confiamos en la justicia, pero si esta nos falla, ¿que nos queda?". Pues eso.

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