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¿Hay alguien en el PP vasco?

Hoy, el PP vasco es una triste caricatura de sí mismo.

Cayetano González
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Oyarzábal, Maroto, Alonso | Archivo

Cuando solo quedan cinco meses para unas importantes elecciones autonómicas vascas –en las que Podemos podría ser la segunda fuerza, por detrás del PNV–, el PP no tiene oficialmente candidato a lehendakari. Todo el mundo da por hecho que lo será el ministro de Sanidad en funciones y presidente de los populares vascos, Alfonso Alonso, pero este, a día de hoy, sólo se promociona, con la ayuda de Soraya Sáenz de Santamaría y para disgusto de Javier Maroto, para encabezar la lista de su partido por Álava en las generales del próximo 26-J.

Esta falta de entusiasmo por parte de Alonso para ser el candidato popular a Ajuria Enea y dejar la política en Madrid puede estar fundamentada en las pésimas expectativas electorales que tiene el PP vasco. El último Euskobarómetro, realizado el pasado mes de enero, daba al PP una intención de voto del 9,4%, lo que supondría entre 8-9 escaños de un total de 75. El PP sería la quinta fuerza política de la Comunidad Autónoma Vasca, por detrás de PNV, Podemos, Bildu y PSE.

Lo que está sucediendo con la candidatura de Alonso es un fiel reflejo de lo que viene sucediendo en el PP vasco en los últimos años, concretamente desde mayo de 2008, cuando María San Gil, harta de estar harta de los complejos de Rajoy con el nacionalismo y de su viraje en la política antiterrorista contra ETA tras su derrota en las elecciones de ese año, decidió irse a su casa. Desde entonces, lo que en el PP vasco había sido siempre una pauta de conducta: dar un paso al frente y asumir, con un claro riesgo de dejarte literalmente la vida en el intento, la responsabilidad de liderar la defensa de la libertad y la democracia en el lugar de España más complicado para hacerlo, se ha convertido en una huida en toda regla: primero fue Basagoiti el que se marchó a México; luego Arantza Quiroga dimitió tras una pésima gestión rematada con una propuesta sin sentido en la que rebajaba el nivel de exigencia a Bildu a la hora de condenar la violencia de ETA.

Mientras tanto, el PP vasco ha quedado en manos de los Alonso, Oyarzabal, Semper y Maroto de turno. Este último ha sido ascendido por Rajoy, no se sabe con qué méritos, a una vicesecretaría general en Génova y es presentado como uno de los rostros de la regeneración popular. Debe de ser por eso por lo que, para celebrar la reciente condena que el Tribunal de Cuentas ha dictado contra Alonso y contra él mismo por una actuación de ambos cuando el primero era alcalde de Vitoria y el segundo concejal de Hacienda, decidió este fin de semana irse a Estocolmo, al festival de Eurovisión y a la fiesta nocturna posterior.

Entre los logros de Rajoy habrá que contabilizar, y ya es triste constatarlo, el haber liquidado, con la colaboración inestimable de sus actuales responsables, el PP vasco. Un partido que hasta no hace mucho tiempo fue la envidia y el orgullo no solamente de los militantes y simpatizantes populares, sino de muchos otros españoles, que veían en Mayor Oreja, San Gil, Iturgaiz, el asesinado Ordóñez y en tantos cargos públicos anónimos un ejemplo en la lucha por la libertad y por la democracia.

Hoy, el PP vasco es una triste caricatura de sí mismo. Un partido sin proyecto ideológico, que ni sabe ni quiere desempeñar el papel que debería en una comunidad donde el nacionalismo disgregador del PNV, el populismo de Podemos, los lazos de Bildu con ETA y el declive del PSE exigirían un PP fuerte y con unos dirigentes capaces de estar a la altura de la historia reciente de esas siglas.

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