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Cristina Losada

Algo bueno saldrá de esto

Nadie tiene idea de cómo será el futuro post-pandemia, pero se predica que será, primero, muy distinto y, después, mejor.

Cristina Losada
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Entre la serie de preguntas que se ha ido formalizando en relación a la epidemia está la que pide una especie de balance moral final. Puesta en los términos en que se hace habitualmente, es la que plantea si uno cree que de esto saldrá algo bueno. En variante más moralista todavía, si esta epidemia nos hará mejores. Nunca añaden, los formulantes, la otra impepinable posibilidad: que nos haga peores. Lo cual revela la respuesta que se está pidiendo, porque aquí ocurre como en las preguntas de los referéndums separatistas y ciertas encuestas. Se hace una pregunta para recibir una determinada respuesta. No son preguntas; son respuestas.

La noción de que saldrá algo bueno de esta pandemia tiene su versión en la política, particularmente en la gubernamental, que asegura que saldremos reforzados. La oposición no dirá eso, sino todo lo contrario, pero lo que quiere decir es que saldríamos reforzados si estuviera en el Gobierno. El político tiene la tendencia a mirar hacia el futuro y a ofrecer horizontes esplendorosos o tenebrosos, según esté o no en el poder. Pero hoy debería estar más centrado que nunca en el presente, en vez de dedicarse al espejismo de la predicción. No es imprescindible que salgamos reforzados. Lo imprescindible es que salgamos.

En una breve entrevista que me hicieron hace poco surgió la tal pregunta, ya casi obligatoria, y no pude más que escabullirme citando uno de los artículos más lúcidos que he leído estos meses. Era de Mark Lilla y se titulaba "Nadie sabe qué va a pasar". Simple y al grano. Tras mentar a Hobbes, decía que no podemos predecir el futuro, pero que ésa es una verdad que los seres humanos nunca hemos sido capaces de aceptar. De ahí que hayamos recurrido desde antiguo a profetas y oráculos, unas figuras que tienen su correspondencia actual en los políticos, expertos y personalidades a los que se pide que desentrañen el enigma de lo que está por venir. Ya no se inspiran gracias a sustancias alucinógenas, como las sacerdotisas de Delfos, y suelen contentarse con un sorbito de agua mineral antes de entrar en el plató, pero su función viene a ser la misma. Sólo que antaño el futuro lo diseñaban los dioses o Dios, y ahora, se supone, lo diseñamos nosotros, cosa que vuelve más paradójico el trasfondo de ese deseo de predicciones, como si el futuro no fuera el resultado de lo que hagamos, sino algo que vendrá.

Nadie tiene idea de cómo será el futuro post-pandemia, pero se predica que será, primero, muy distinto y, después, mejor. Es un retorno más, eterno retorno, del deseo de cambiar el mundo que tan destructivo puede resultar. Como las grandes crisis hacen crecer la demanda de predicciones, estamos en ese ciclo –y circo– inevitable. Con el agravante de que se piden y dan predicciones cuando queda mucho por saber del coronavirus. La suerte, para la mayoría de esos pronósticos, es que caerán piadosamente en el olvido. En sintonía con la dosis de humildad que pedía Lilla en su artículo, lo razonable es esperar que el mundo post-pandemia no sea muy distinto ni sus habitantes mejores, ni más buenos ni más solidarios ni más todo eso que se supone que deberíamos ser. El objetivo, simple y llanamente, es recuperar el mundo de ayer.

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