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Cristina Losada

Colau, la risa y los atentados del 17 de agosto

La manifestación no se "politizó" a pesar de Colau, sino con su asentimiento. Se la entregó a los independentistas a conciencia.

Cristina Losada
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La manifestación no se "politizó" a pesar de Colau, sino con su asentimiento. Se la entregó a los independentistas a conciencia.
EFE

Desde que es alcaldesa, tengo la impresión de que Ada Colau es una mujer reprimida. No en su vida personal, de la que sólo sabemos lo que ha querido contar y, en cualquier caso, no viene a cuento. Pero sí en el plano político, del que un observador puede saber o percibir más que el protagonista. Ahí Colau tiene el problema de la activista que llega a un cargo institucional. Un problema, para empezar, de lenguaje. El del activismo es feroz y vocinglero, gritón y hasta insultante. Es un tono, una tónica y una manera de hacer política, digamos, que tendrá que modificar si ocupa un cargo institucional, donde, por ejemplo, deberá de hablar civilizadamente con aquellos a los que antes, en su personaje activista, puso a caer de un burro a voz en grito.

Esa impresión mía de Colau me la confirmaba una reciente recapitulación suya sobre cómo vivió los atentados islamistas del 17 de agosto en Barcelona y Cambrils. El periódico que la publicó eligió para titular estas palabras: "El silencio era atronador. Lloré muchas veces". Y era verdad que Colau, en su recuento de la experiencia, hacía hincapié en los episodios emotivos que había tenido aquellos días, esto es, en cuánto había llorado. Al leerlo, no pude evitar poner en relación ese énfasis con la pequeña tempestad que desataron unas imágenes de hace un año en las que se la veía muy sonriente en un acto en homenaje a las víctimas poco después de los atentados. Su sonrisa destacaba porque todos los que tenía a su lado -los Reyes, el entonces presidente catalán Puigdemont y otras muchas personas- estaban muy serios. Aquello llamó la atención y provocó la indignación habitual en las redes. Su "lloré muchas veces" de ahora parecía encaminado a corregir la sorprendente imagen que dio: a reprimir la sonrisa que se le escapó entonces.

Su recuerdo tiene, sin embargo, elementos reprimidos de mayor sustancia. Al hablar de la manifestación contra los atentados del 26 de agosto de 2017 en Barcelona, Colau tergiversa lo sucedido. Lo que sucedió fue que una minoría notable y organizada de separatistas hizo de un acto contra el terrorismo un espectáculo de los suyos contra España. El activismo independentista abucheó y pitó al Rey y al presidente del Gobierno de España de forma continua, mostró pancartas acusando al Rey de vender armas a Arabia Saudí- vinculándolo de ese modo retorcido a la autoría de los atentados- y alzó un bosque banderas separatistas justo detrás de la cabecera. El separatismo reventó aquella manifestación y se apropió de ella e hizo todo eso con la aquiescencia del Ayuntamiento de Barcelona.

Colau no recuerda nada. No recuerda nada tal como fue. Pone la encerrona separatista al mismo nivel de intento "de politización" que la declaración de un alcalde del PP sobre su resistencia a instalar bolardos. Lamenta que hubiera una "guerra de banderas", ¡una guerra!, cuando sólo un pequeño grupo llevó banderas de España y las que caracterizaron a la manifestación fueron las separatistas. Ni siquiera recuerda que entonces dijo que llevar esteladas se justificaba por "la libertad de expresión". Pero aún se acuerda menos de su responsabilidad en lo ocurrido, al poner en manos de entidades separatistas, como la ANC, parte de la organización.

La manifestación contra los atentados del 17-A en Barcelona no se "politizó" a pesar de Colau, sino con su asentimiento. Se la entregó a los independentistas a conciencia. A la vista del resultado, la alcaldesa ha contado un cuento sobre cómo fue aquello y ha decidido reprimirse en el aniversario. Esta vez, la "politización" vendrá sólo de su mano. O eso pretende. Empezando por el lema "Barcelona, ciudad de paz", y siguiendo por la presentadora, Gemma Nierga, que ya politizó en tiempos la manifestación contra el asesinato de Ernest Lluch a manos de ETA con su "dialoguen".

El paso del activismo feroz a la política naif obliga a extrañas contorsiones e invenciones. Las fotos de Colau sonriente en el acto por las víctimas el año pasado volvieron a circular estos días y tuvo que salir al paso. Explicó que entre gritos de "visca el president" y "viva el rey", una señora a su lado había dicho "viva todos porque todos sentimos el mismo dolor" y que eso le había arrancado una sonrisa. Lástima- para ella- que no se la arrancara a ninguno de sus acompañantes.

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