
A los libros sobre el 15-M, de los que hay al menos una quincena, les ha pasado lo mismo que a los libros sobre Podemos: han caducado. Han quedado obsoletos, no a causa de la calidad de los libros, sino de la naturaleza de los fenómenos que trataban. No se sabía –ni se sabe ni sabrá– cuál era. Es el problema de la protesta genérica que quiere abarcarlo todo y suena a la canción de Manuel Alejandro para Jeannette: "Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así". Ahora que se cumplen quince años de los indignados, se podrán recordar las coordenadas sociológicas y económicas y hacer bonitas descripciones de lo que fue, pero la sustancia del asunto se esfuma en cuanto quiere uno agarrarla. Como no hay nada, cada cual verá lo que quiera ver.
Esta vaguedad está en contraste con la repercusión mediática que tuvo el 15-M. De algo que encuentra enorme atención en los medios, se espera que tenga sustancia y relevancia. Pero no. Ocurre que la protesta indignada tenía todos los componentes necesarios para ser un fenómeno mediático. Era el momento protestón: la revista Time eligió en 2011 como Persona del Año a "The Protester". Y las revueltas juveniles siempre tienen buena prensa. Con una protesta de sesentones, las cámaras no se hubieran enamorado tanto. Aún seguimos hablando del Mayo del 68, una rebelión juvenil mitificada, en cuya pervivencia tiene mucho que ver la parte gráfica. Un mito no se crea sin buena imagen.
Para el éxito publicitario de los indignados fue clave que ocuparan la Puerta del Sol madrileña y acamparan allí. El zoco que montaron replicaba con gran fidelidad el de los jóvenes egipcios en la plaza Tahrir poco antes. Esa fue la gran inspiración de los que decidieron instalar el tenderete en Sol. Hubo acampadas en plazas de otras ciudades, pero tuvieron peor suerte. A fin de cuentas, se plantaron delante del edificio del Gobierno de la Comunidad de Madrid, no del Palacio de la Moncloa, donde moraba ZP, ni de ningún ministerio. Uno de los libros compara la experiencia con la Comuna de París, ¿y qué más? Pero el 15-M fue la versión española de la primavera árabe, mal doblada. Fue un producto de imitación e igual que el auténtico, acabó como el rosario de la aurora.
En la quedada del 15-M, se quiso inventar la democracia, que se decía que no existía o no era real, y se dio a entender que la real era una especie de asamblea permanente. ¡La asamblea!, espacio perfecto para la manipulación. Daba la impresión de que se quería hacer tabla rasa y empezar desde cero, algo que suena mejor cuando no te has preocupado por conocer el legado que quieres enterrar alegremente. Se vio como una protesta contra los políticos y esto en España, secularmente, tiene apoyo popular. De aquella experiencia, por no decir solo pestes, salió gente joven dispuesta a meterse en política. La parte menos buena es que no fueron mejores que los demás. Algunos, mucho peores que la media.
La nostalgia por lo que pudo ser y no fue, tan de estos lares, fantasea con que las ideas que circularon en aquel mercadillo político eran buenas, pero no salieron o salieron mal. Es como la defensa del comunismo cuando ya se ha visto el horror: la idea era buena, pero se aplicó mal. No. La idea es mala y por eso sale mal. Aunque en lo del 15-M, hay que preguntar: ¿qué ideas?
