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Cristina Losada

¿De vuelta al 'socialismo utópico'?

Resultó que ese socialismo 'científico', el que prometía la abundancia, se mostró "mucho más utópico que el socialismo utópico".

Cristina Losada
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Hace unos días, el Gobierno francés aprobó un plan de liberalizaciones económicas que incluía ampliar de cinco a doce los domingos en los que pueden abrir los comercios. Este aspecto de la Ley Macron fue de inmediato rechazado por el ala izquierda del Partido Socialista Francés, lo cual no sorprenderá a nadie. Pero merece la pena detenerse en el argumento en el que fundaba su oposición una de las dirigentes de los izquierdistas del PSF, Martine Aubry, y que sintetizaba bien el título del artículo que publicó Le Monde: "No reduzcamos la existencia al consumo".

La alcaldesa de Lille decía que la medida en cuestión no era en absoluto secundaria, sino asunto central relacionado con la gran pregunta: "¿En qué sociedad queremos vivir?". Y proseguía con los interrogantes: "¿Queremos hacer del consumo –aún más que hoy– el alfa y el omega de la sociedad? ¿La izquierda no tiene otra cosa que proponer como organización de la vida que el paseo del domingo al centro comercial y la acumulación de grandes bienes de consumo?". Nótese que no es obligatorio comprar aunque los comercios estén abiertos, pero Aubry cree que debe evitarse a los ciudadanos la tentación de hacerlo. Siempre por su bien, claro está. Y ello porque el domingo “debe ser un tiempo reservado para uno y para los demás”, un día, escribía al final, “reservado a la vida: vida personal, vida colectiva”.

Una diría que no son incompatibles la vida personal ni la familiar con el hecho de pasearse por un centro comercial un domingo y comprar, tal vez, alguna cosa. Pero lo capital del argumento no son sus contradicciones ni su regusto provinciano. Lo interesante es que muestra, a propósito de una pequeñez, que cuando la izquierda trata de tener un discurso de valores y un modelo de sociedad alternativo vuelve, seguramente sin saberlo, a los viejos socialistas utópicos, que se caracterizaban por su desinterés por la prosperidad material y, lógicamente, por el consumo. Y sí, su crítica al mundo burgués, apegado a los bienes materiales, era en efecto similar a la que hacía, y hace aún, la Iglesia Católica.

La diferencia con el socialismo que prosperó, valga el oxímoron, es que los utópicos, así apodados despreciativamente por Marx y Engels, no creían que hubiera que imponer a la sociedad ese modelo de vida. Pensaban que con su prédica y su ejemplo, a través de las comunidades que creaban, la sociedad dejaría de querer la prosperidad y se convertiría a sus ideas y comportamientos. Esto, por decirlo en dos palabras, no cuajó. Lo que cuajó fue un socialismo que lo prometía todo: la riqueza que produce el capitalismo, pero sin ninguno de sus inconvenientes. Como escribió agudamente Irving Kristol en un artículo del año 1976 ("Socialism: An Obituary for an Idea"), resultó que ese socialismo, el que prometía la abundancia, se mostró "mucho más utópico que el socialismo utópico".

No veo, sin embargo, a Martine Aubry ni a ninguno de los izquierdistas de salón y de facultad que hay en Europa organizando falansterios como Fourier o granjas cooperativas como Owen. Es notorio, en fin, que la socialdemocracia europea está haciendo su travesía del desierto y nadie sabe cuándo saldrá de ahí. Pero como ofrezca esa moralina de su ala izquierda se condenará a la irrelevancia o al ridículo. ¿Cómo es posible decirles seriamente a los ciudadanos, y no desde la religión sino desde la política, que han de abandonar su querencia por la prosperidad y que deben dejar consumir? Sobre todo cuando ya lo han hecho, muy a su pesar, forzados por la crisis.

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