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Cristina Losada

El baby-boom neoantifranquista

Los antifranquistas de cuando Franco vivía nunca vimos tanto antifranquista como en los últimos años. Y cada vez son más jóvenes.

Cristina Losada
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Entrevistado en la radio por Dieter Brandau, el secretario general del Sindicato de Estudiantes, que convocaba una huelga, definió al ministro del ramo como "heredero y nostálgico de la dictadura franquista". Estos días se calificó a José Ignacio Wert de neofranquista, cavernícola y pedante de extrema derecha. No lo hicieron sólo oscuros cabecillas de tinglados marginales, sino adultos portavoces de partidos de gobierno. Es notorio que las referencias a la dictadura han crecido exponencialmente: está tanto más presente cuanto más se pierde en los pliegues del pasado. También lo es que los antifranquistas de cuando Franco vivía nunca vimos tanto antifranquista como en los últimos años. Y cada vez son más jóvenes. A este paso brioso y valiente, el antifranquismo habrá alcanzado su cénit cuando se cumplan cuarenta años de democracia, para lo cual falta poco.

Tenemos constancia de que el nuestro no es un caso excepcional. Es conocida la invención de la Francia resistente. Menos, el vuelco de la memoria acaecido en países que fueron comunistas. De uno de ellos procede un testimonio que nos aproxima a fenómenos como el que afecta al ministro. Lo escribió Václav Havel en sus memorias:

Poco después de la revolución y de la llegada de la libertad a la vida pública surgió un tipo muy particular de obsesión anticomunista. Como si algunas personas –que durante años habían callado (...) y habían tomado precauciones para no meterse en problemas– sintieran de repente la necesidad de compensar de algún modo su anterior humillación (...). Y pusieron en su punto de mira a quienes criticaban esa actitud, es decir, a los disidentes. (...) Lo interesante es que en la época en que los disidentes parecían un grupo de quijotes lunáticos, la resistencia contra ellos no fue tan fuerte como más adelante, cuando por así decirlo la historia les dio la razón. Eso ya era demasiado, eso no se perdona.

Aquí tardó algo más en aparecer una similar obsesión, pero se presentó igualmente acompañada de animadversión hacia los que asumieron riesgos por oponerse a la dictadura y rechazan el antifranquismo sobrevenido, espurio, que calienta mentes infantiles. Cómo perdonárselo al ministro Wert: "Cuando éstos, los que me llaman franquista, estaban silentes, yo ya militaba en un partido ilegal, en Izquierda Democrática". Silentes, de vacaciones y, algunos, en pañales. Ahora compiten con ellos, en radical y huero antifranquismo, sus retoños. Los mocosos tienen menos culpa. Dicho a la manera de Juaristi, sus padres mintieron, eso es todo. 

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