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El cocinero de Artur Mas

Las cocinas del CEO nos sirven esta vez un suflé independentista menos crecido, ahora que al entrevistado lo enfrentan por primera vez a la doble pregunta.

Cristina Losada
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El escritor Mark Twain atribuyó a Disraeli, el gran político conservador británico del XIX, la frase de que hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas. Lo dijera o no Disraeli, la cita nos pone en buena disposición, es decir, en guardia, para abordar el último barómetro del Centro de Estudios de Opinión (CEO) de la Generalidad catalana. Cabe preguntar de antemano, yo misma lo hago, por qué prestar atención a un sondeo al que se concede escasa credibilidad. Además: qué aburrida es la hermenéutica de las encuestas. Pero recién salido del horno cualquier suflé parece apetitoso.

Las cocinas del CEO nos sirven esta vez un suflé independentista menos crecido, ahora que al entrevistado lo enfrentan por primera vez a la doble pregunta, si no quieres caldo, dos tazas. Aquello de que primero ha de contestarse si uno quiere que Cataluña sea un Estado, como si tal cosa no implicara la independencia, y en segunda fase, ya degustando, si uno prefiere que sea un Estado independiente. Lástima que no quisieran desdoblar también esa opción. Hasta en las fabulaciones falta imaginación.

Así las cosas, los partidarios de romper con España y establecerse por su cuenta en el concierto de las naciones soberanas se elevaban en abril al 47,1 por ciento. En noviembre, sin el trajín de la doble pregunta, el mismo barómetro descubría un 54,7 por ciento de separatistas. Entre el otoño y la primavera, pues, un 7,6 por ciento ha abandonado la causa de la secesión. A saber qué nos deparará el verano, que es temporada alta en materia de viajes.

Un dato más tibio y más interesante: hay menos porcentaje de independistas de toda la vida (22,5) que de independentistas de reciente hornada (24,6). A los que hemos sostenido que hay un independentismo de protesta, probablemente vinculado a la crisis económica, nos complace cualquier dato que parezca confirmarlo, venga de donde venga. Da ocasión de repetir que ese indignado que en otros lugares de España (y de Europa) transita a opciones extremas y extremadamente populistas, en Cataluña encuentra su cauce natural en el secesionismo, o sea, en el populismo.

Ya entramos en la cocina. Porque los sondeos no solo pueden sesgarse para que la "foto fija", como dicen nuestros políticos, favorezca en un instante dado a Tal y perjudique a Cual. Esto es juego de niños. La auténtica manipulación es que sirvan para mover la foto. Es decir, para instalar como mayoritaria una opinión y conseguir un efecto arrastre. Cuanto más crea la gente que mucha gente cree que la secesión es buena cosa, más gente lo creerá. En eso ha de estar el cocinero estadístico de Artur Mas.

No en vano el director del CEO desde 2011 es Jordi Argelaguet, que más que un profesional de la demoscopia es un profesional de la política, con un pasado en el MDT (vinculado a Terra Lliure) y en ERC, y un presente en CDC. Su cuarto de hora de fama le llegó en las autonómicas de 2012. Pronosticó para CiU, y dos semanas antes, una mayoría arrolladora y CiU perdió doce escaños. Ahí arrastró su credibilidad.

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