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Cristina Losada

El congreso de Suresnes y la futurología

Triunfar tan rápido no suele estimular la reflexión. Al PSOE lo incentivó a dedicarse a asegurar sucesivos triunfos.

Cristina Losada
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Triunfar tan rápido no suele estimular la reflexión. Al PSOE lo incentivó a dedicarse a asegurar sucesivos triunfos.

Años después, en algún aniversario del congreso que el PSOE celebró en Suresnes, cerca de París, en 1974, uno de los que tomaron el control del aparato explicó que allí el partido se había adaptado a una realidad española muy diferente de la que imaginaban los viejos socialistas del exilio, y señaló como uno de los rasgos de aquella realidad que "la izquierda era muy débil en España". Omitió confesar que quien era verdaderamente débil entonces en España era el propio Partido Socialista Obrero Español.

De ello da fe el escaso número de militantes que tenía, número que algunos sospechan que fue inflado por una de las agrupaciones presentes. Y la da también el hecho de que si había en aquellas fechas, como en anteriores, un partido con presencia significativa en la oposición a la dictadura era el PCE. Sí que había algo de cierto en la maldad de Tamames, quien más adelante, a la vista del lema del PSOE "Cien años de honradez", iba a apostillar: "Y cuarenta de vacaciones".

En octubre de 1974, ni el futurólogo más osado podía predecir que sólo tres años después el PSOE adelantaría al PCE en las primeras elecciones democráticas (118 diputados frente a 20), y se convertiría hasta hoy en la fuerza hegemónica de la izquierda. Un ascenso tan meteórico invita siempre a la sospecha, de modo que se ha intentado explicarlo por la contribución de unos agentes externos (socialdemocracia alemana, CIA y sospechosos habituales) que, preocupados por la fuerza del PCE en un contexto de Guerra Fría, decidieron apadrinar, léase financiar, al partido socialista. Aún así, en España habría surgido más pronto que tarde un gran partido de centroizquierda.

Ese papel recayó en el PSOE, y sin duda fue factor decisivo que sus cabezas visibles fueran dos jóvenes sevillanos que se complementaban políticamente: Felipe González y Alfonso Guerra. Frente a ellos, Santiago Carrillo, viejo apparatchik, era un vestigio más del pasado. Pero el PSOE llegó a la democracia con debilidades de largo recorrido. Pasó de no tener apenas implantación a ser un partido de masas: un partido de aluvión en el que entró, como suele, de todo. Seguro que algunos aún recuerdan el asombro que sintieron al ver cómo se hacían con el carné socialista gentes que no habían mostrado ningún interés por la política, sinónimo entonces de oponerse a la dictadura.

La segunda debilidad que se manifestó en el origen era la doctrinal, la programática, la relativa a las ideas. El PSOE representaba una ideología, pero más allá del nombre ("izquierda"), ¿qué había? Había confusión. Quien lea hoy alguna de las resoluciones del congreso de Suresnes pensará, sin que le falte razón, que aquel era un partido de extrema izquierda, en todo caso situado a la izquierda del PCE. Y si lee la que trata de compaginar la "estrategia de clase" con la defensa del "derecho de autodeterminación de las nacionalidades y regiones" no sólo saldrá confuso: tendrá un testimonio de los problemas de la izquierda española con España.

El Congreso de Suresnes no fue más ni tampoco menos que un recambio generacional en la dirección del PSOE. Pero no fue en absoluto su Bad Godesberg. En aquel congreso del SPD, en 1959, tras años de debate interno (cosa aquí tan rara), un partido de clase se transformó en un partido popular, y un partido enredado en la dialéctica marxista en uno que aceptaba la economía de mercado. "Tanto mercado como sea posible y tanta planificación como sea necesaria", fue la expresión del cambio.

Claro que el SPD hizo su transformación espoleado por sucesivas derrotas electorales, y el PSOE triunfó de manera espectacular enseguida. Triunfar tan rápido no suele estimular la reflexión. Al PSOE lo incentivó a dedicarse a asegurar sucesivos triunfos. Lo incentivó, en concreto, a una colonización del Estado que no sólo dejó huella: marcó tendencia. Hasta hoy.

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