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Cristina Losada

El discurso del Rey

El Estado democrático español dejó claro 'urbi et orbi' que no aceptaba ni tácitamente ni de ninguna otra manera la existencia de un referéndum de secesión.

Cristina Losada
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El Estado democrático español dejó claro 'urbi et orbi' que no aceptaba ni tácitamente ni de ninguna otra manera la existencia de un referéndum de secesión.
Casa Real

Lo más importante del discurso del Rey es que existió. Desde dos días antes, desde el 1 de octubre, lo inexistente había cobrado una fuerza descomunal. No logró esa fuerza de un día para el otro, desde luego, pero en aquellos dos días, más algunas horas interminables, se fortaleció tanto como para llegar a un punto irreversible. La inexistencia del Gobierno español fue palpable. Apenas podía decir que no había existido ningún referéndum. Pero nadie le hacía caso, mientras de forma vertiginosa se propulsaba a la existencia al inexistente referéndum, que, en efecto, fue inexistente en esos términos.

Su existencia, sin embargo, se había hecho fuerte unida a expresiones como violencia policial, otro elemento de lo inexistente, junto a los recuentos de heridos no verificados y las imágenes que sustituyen a la comprobación. Pero lo inexistente creció, sobre todo, en la tierra mítica del relato. Está bien que se le llame relato, porque es lo que es. Es la imposición de un significado a los hechos o la superposición de un argumento narrativo que no sólo adorna y recubre, también encubre. Y allí estaban los cientos de corresponsales, ávidos, como todos, de relato, un relato que además justifica que estén ahí. El acontecimiento tenía que existir, si no, ¿por qué estaban?

Muchos, en especial los extranjeros, llegaron al acontecimiento pertrechados con precarios guiones que empezaban en Franco o en la guerra civil. Empezaban y terminaban. Y al llegar, como suele ocurrir, los confirmaban. ¡Otra buena ración de lo inexistente! No se ha hecho aún crónica de aquella cobertura, pero valdría la pena ponerla en relación con la que hizo el grueso de los medios, en los años 90, sobre la desintegración de Yugoslavia. Pese a las muchas diferencias. Porque entonces también hubo relato, cómo no. Si aquí fue el que encontraba la clave en Franco y la guerra civil, allí fue el de los odios ancestrales que se volvían a reproducir. No eran más que relatos vendibles y comprables. Y todos reforzaban lo inexistente frente a lo existente.

El discurso del Rey hizo lo contrario. A través de aquel discurso, se manifestó la existencia del Estado. La del Estado democrático y constitucional que estaba siendo amenazado en su existencia y en su esencia, en su integridad territorial y en su integridad democrática. Lo sustantivo de la comparecencia del Rey fue que hizo saber que el Estado se tomaba en serio lo que estaba ocurriendo. Que no lo tomaba como una performance ni como un farol, como se había tomado, ¡ay, el precedente!, el simulacro del 9-N unos años antes. La seriedad y la gravedad del discurso fueron, en ese sentido, más efectivas que las concretas palabras.

Estos días, igual que entonces, se dice que el discurso del Rey tranquilizó a los españoles. Se dice incluso que su objetivo era tranquilizarlos. Yo no sé si el objetivo del discurso era prestar tal auxilio psicológico, pero espero que no. Lo que tenía que hacer el discurso, en todo caso, era intranquilizar a los golpistas. Pienso que lo consiguió. Pero consiguió algo más, en lo que se repara poco, porque persiste la visión de la performance y el farol, alentada por los propios golpistas para librarse de responsabilidades penales. Mediante el discurso del Rey, el Estado democrático español dejó claro urbi et orbi que no aceptaba ni tácitamente ni de ninguna otra manera la existencia de un referéndum de secesión. Frente a la posibilidad de que se tomara aquel recuento tramposo como base para legitimar una demanda de mediación internacional en el conflicto, tal como desearían los golpistas, se dijo taxativamente que de ninguna manera. Se cerró la puerta, en fin, a cualquier coqueteo con remedos de la vía kosovar –tutela internacional e independencia, después– que tanto encandila a los cabecillas separatistas.

No he vuelto a ver ni a leer el discurso del Rey del 3 de octubre de 2017. Ese discurso, como otros de esa clase, son del momento, aunque a la vez son, como suele decirse, históricos. Su fuerza reside en su capacidad para marcar, en un instante, el curso de los acontecimientos. Lo inexistente cobró tal fuerza aquellos días que pudo haber inclinado la balanza, de un modo difícil de revertir, en favor del golpe separatista. Seiscientas sesenta y seis palabras contribuyeron decisivamente a impedirlo.

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