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El pasado y la impostura

La mentira sobre el pasado no deja de crecer. César Alonso de los Ríos se ha ido cuando queda mucho por hacer

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Pablo Iglesias y José L. R. Zapatero, en una imagen reciente | EFE

En memoria de César Alonso de los Ríos

En una de las últimas entrevistas que le hicieron a César Alonso de los Ríos le preguntaron qué pensaba de Podemos. Se publicó en el Diario de Burgos, con motivo de su participación en un ciclo de conferencias, hace poco más de dos años. Entonces, Podemos acababa de entrar en el Congreso después de unas elecciones, las de 2015, en las que había obtenido cinco millones de votos. Alonso de los Ríos respondió que no estaba en absoluto de acuerdo con aquel partido y dijo esto:

Pablo Iglesias parece que se cree el único personaje de izquierdas de este país y otros fuimos a la cárcel: yo, en 1963, nueve meses y pico.

Una de las preocupaciones y uno de los trabajos en los que se distinguió Alonso de los Ríos fue la denuncia de la impostura: la impostura de personajes que se fabricaron un pasado políticamente correcto y la impostura política que se funda en la falsificación del pasado. A esa inquietud responden singularmente su investigación sobre la biografía del mitificado Tierno Galván o su libro Yo tenía un camarada. El pasado franquista de los maestros de la izquierda.

Para alguien con el pasado de Alonso de los Ríos tenía que resultar especialmente mortificante el fenómeno de falseamiento al por mayor. Un fenómeno que data ya de los años de la Transición con los extendidos y asombrosos cambios de chaqueta, que algunos –él sin duda– observamos en vivo y en directo. Aunque no pudimos imaginar entonces que lo mejor estaba por llegar. Porque la impostura alcanzó cotas insospechadas mucho más tarde, en el ambiente generado por la política de memoria histórica del presidente Zapatero. Nunca hubo tantos oponentes de la dictadura como entonces, décadas después del final del dictador y de su régimen. Y el furor por un pedigrí de haber corrido delante de los grises o alguna otra seña de identidad antifranquista llegó a tal punto que hubo quienes afirmaron haber brindado por la muerte de Franco cuando lo que les tocaba, por mera cuestión de edad, era tomar el biberón.

En esos años apareció el prototipo de antifranquista sobrevenido que todavía anda por ahí, dando lecciones o quitando de las calles placas de almirantes a los que califican de "fachas" con una mezcla, muy suya, de supina ignorancia y extremo sectarismo. Falsean el pasado no sólo porque lo ignoran, sino porque falsearlo es condición para imponerse. Y en esa mixtura, en la que es difícil saber cuál de los ingredientes domina, sobresalen los dirigentes de los nuevos y exitosos partidos de izquierdas que tenemos: gentes como Colau en Barcelona o, a nivel nacional, los fundadores de Podemos. El que más, su líder máximo. Ése en el que César Alonso detectaba una arrogancia fatal al subirse al podio simbólico de único izquierdista de España, como si no hubiera otro ni lo hubiera habido.

Esta impostura nuclear de Iglesias y su grupo ha sido posible –y ha podido tener impacto– gracias al abono que puso el desentierro del odio guerracivilista por parte del PSOE en tiempos de Zapatero. Ciertamente, en el pecado llevan la penitencia. Ahora son los podemitas los que se presentan como verdadera izquierda y, aún con más empeño, como continuadores de la izquierda que fue. La que fue, esto es, siempre según su narración mitológica: una auténtica izquierda que estuvo dispuesta a llegar hasta el final en la lucha contra la dictadura, y que contraponen a otra izquierda acomodaticia, pacata o traidora que se sometió a la derecha franquista aceptando el pacto de la Transición.

Así cuentan la historia, es decir, así la falsifican, y así es como personajes tipo Iglesias logran el aplauso de viejos izquierdistas frustrados, desencantados o, last but not least, oportunistas y de un público que acepta la impostura por credulidad o por lo conveniente que resulta para henchirse de superioridad moral: estar en el bando de los buenos de siempre contra el bando de los malos de toda la vida. Todo esto, a personas como César Alonso de los Ríos sólo puede repugnarles. Alonso no tenía que inventarse ningún pasado antifranquista porque era el suyo. Y no tenía que falsificar un pedigrí porque fue una figura legendaria de aquel periodismo –minoritario– que logró abrir espacios de reflexión política y cultural bajo la dictadura, aunque el precio por hacerlo fuera alto. Como para que te vengan a dar lecciones de antifranquismo, de cómo fue la izquierda y de cómo fue ese pasado, aún bien reciente.

En la misma entrevista, Alonso de los Ríos decía que la razón por la que Iglesias tenía tanto predicamento en nuestro país era "por no haber mantenido la memoria histórica". No la falseada, sino la que se ajusta a los hechos. "Es fundamental recuperar la memoria y hablar del pasado, pero en términos correctos y respetuosos", añadió. Es esta una tarea pendiente, urgente y hercúlea. En el periodismo, para empezar. La honestidad intelectual, siempre en escasez, nunca cómoda, se estrella en el mundo mediático actual, marcado por los platós y las redes, contra un populismo desaforado. La falsedad abunda. La demagogia domina. La impostura gana. Y la mentira sobre el pasado no deja de crecer. El periodista y autor se ha ido cuando queda mucho por hacer. Cada vez más.

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