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Cristina Losada

El segundo entierro de Franco

Nadie ha hecho más por llevar visitantes al Valle de los Caídos que el Ejecutivo de Pedro Sánchez.

Cristina Losada
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Nadie ha hecho más por llevar visitantes al Valle de los Caídos que el Ejecutivo de Pedro Sánchez.
Tumba de Franco en el Valle de los Caídos | EFE

La discrepancia entre lo que dice el Gobierno y lo que dice el Vaticano sobre la reunión con Carmen Calvo no causa perplejidad. Es un hábito. Gubernamental. Lo que deja perplejo a cualquiera, en este asunto del segundo entierro de Franco, es la condición establecida por la vicepresidenta: "Sus restos deben estar en un lugar donde no se produzcan manifestaciones". ¿Qué lugar será el que imposibilite absolutamente las manifestaciones? ¿Un risco en una montaña nevada? Y, sobre todo, ¿qué manifestaciones? Acerca de esto arrojaba aún más sombra un tuit del partido. Un mensaje que, además de anunciar un acuerdo con el Vaticano que el Vaticano desmentiría, decía esto: "Un centro de culto en el centro de Madrid no podrá convertirse en lugar de peregrinación del fascismo". El fascismo. Ya está aquí.

Es notorio, a la vista de la actualidad, que el fascismo está en todas partes. Y es evidente que esa omnipresencia amenazante del fascismo depende del año, del mes y de la semana. Depende, esto es, de que los spin doctors del marketing político crean que vale la pena meter en el saco fascista a alguien. No obstante, las peregrinaciones del fascismo a la tumba de Franco, por decirlo con la hipérbole del partido, eran insignificantes hasta que el Gobierno socialista se empeñó en resignificar. El éxito de su proyecto de resignificación es notable: nadie ha hecho más por llevar visitantes al Valle de los Caídos que el Ejecutivo de Pedro Sánchez.

El Gobierno hizo del desentierro de Franco una urgente prioridad democrática alegando que no podía estar en un sitio donde se le rinden honores de Estado -yo ignoraba que se le rindieran esos honores- y se metió en un laberinto surrealista. Quería pasar a la Historia como justiciero de las víctimas del franquismo y puede hacerlo como el Gobierno que trasladó los restos del dictador de un valle poco visitado, a 58 kilómetros de Madrid, al mismísimo centro de la capital. Para ser precisos: a dos pasos de la Plaza de Oriente, que era donde Franco solía aparecer en público y era aclamado por las masas, igual que comparecía y era aclamado masivamente en otras ciudades de España, como Barcelona o Bilbao. Por citar un par de ellas para los desmemoriados.

Tal vez haya caído ahora en la cuenta el Gobierno del porqué del entierro de Franco en el Valle. Pero si fuera así, no lo pensó a tiempo. De entrada, aceptó que la decisión correspondía, como es lógico, a los familiares. "Una vez que exhumas los restos, se encarga la familia. No depende de nosotros. No podemos decidir adónde van", dijo Calvo, experta en exhumaciones e inhumaciones, durante la recepción del 12 de octubre. Tan experta, que al cabo de un par de semanas todo era al revés. Así, para evitar un fiasco de proporciones monumentales, la única baza del Gobierno es negociar con la Iglesia católica, léase presionar, para que impida el entierro en la cripta privada de la familia en la catedral de la Almudena. Se trata, en definitiva, de cargar a la Iglesia con la responsabilidad de que los restos del dictador puedan estar en el centro de Madrid. De ese modo será el Vaticano, y no el Gobierno de Sánchez, el culpable de las peregrinaciones fascistas que el PSOE ve masivas e inminentes y contra las cuales actuará con contundencia. A la multitud de peregrinos fascistas que no habrá -salvo que vengan los amigos belgas de Puigdemont- le aplicará la ley para que la historia sea lo que no fue. Todo en orden.

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