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Cristina Losada

Fernando Alonso y el malhumor nacionalista

En el patio de colegio nacionalista sólo se admite el humor de ida. El de vuelta está proscrito. Un signo de inseguridad.

Cristina Losada
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En el patio de colegio nacionalista sólo se admite el humor de ida. El de vuelta está proscrito. Un signo de inseguridad.

Yo no sé si es mejor morir de risa que morir de seriedad, pero si hay algo más fatigoso que el tipo que se toma todo a cachondeo es el que nunca es capaz de tomarse algo a broma. La incapacidad para tomar distancia de las propias ideas o creencias y aceptar que sean objeto de comentario humorístico es un mal extendido. Pero entre nosotros nadie como los nacionalistas lo padece con mayor solemne comicidad. Cualquier chanza les ofende terriblemente y requiere desagravio, reparación y penitencia. Siempre hay quien sale como fierra corrupia, y muy pero que muy seria, contra el desconsiderado guasón. Y siempre hay alguien más papista que el Papa.

Ahí tenemos lo sucedido tras el Gran Premio de España de Fórmula 1, celebrado en el circuito de Montmeló. Con el ganador Fernando Alonso en el podio, el locutor televisivo, Antonio Lobato, dijo que Artur Mas, “con todo el lío que tiene montado”, lo debía de estar pasando mal oyendo el himno español. Y cuando sonó el italiano, por la escudería Ferrari, comentó que se le veía más relajado. Lobato no hablaba en el tono, digamos, de la vicepresidenta Saénz de Santamaría en la rueda de prensa de los viernes. El hombre se permitió una broma. Una broma, ¡uy!, broma. A la mañana siguiente la broma mereció un tremendo editorial del programa radiofónico matinal más oído en Cataluña, el de RAC1. Y no sólo Lobato fue acusado de faltar el respeto a Mas; también el piloto Alonso recibió lo suyo.

¿Qué había hecho la criatura, aparte de ganar la carrera? Pues nada menos que dar una vuelta al circuito con la bandera de España –“Les sale la bandera por las orejas”– y “menospreciar” al presidente de la Generalitat. Nadie vio el gesto de menosprecio, y menos que nadie el editorialista, que luego reconoció que hablaba de oídas. ¡Que se lo habían dicho! Esto, que es un problema para un periodista, no lo es, sin embargo, para el habitante de la galaxia nacionalista. Ahí se vive de supuestos: de supuestos agravios, de supuestos enemigos, de supuestos expolios. La consecuencia inexorable es la pérdida del sentido de la realidad. Pérdida que, a su vez, conduce a otra igual de lamentable: la del sentido del ridículo. Así ocurre lo que en este caso. Que la pomposa reacción contra la broma resulta más cómica que la broma en cuestión. En el patio de colegio nacionalista sólo se admite el humor de ida. El de vuelta está proscrito. Un signo de inseguridad.

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