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Cristina Losada

Forcadell no sabía que existías

Tomaron a los catalanes no separatistas por 'idiotas', por sujetos sin derechos, incapaces de defender sus derechos.

Cristina Losada
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La ex presidenta del Parlamento de Cataluña fue entrevistada días después de que se diera a conocer la sentencia del Supremo que la condena a 11 años y seis meses de prisión por un delito de sedición, y a otros tantos de inhabilitación, por su papel decisivo en el quebrantamiento de la legalidad durante el golpe del 1-O. La entrevistó la emisora pública autonómica, que es como decir la emisora del separatismo, y no hay en ello novedad. No la hay en que los medios públicos de la región entrevisten a los separatistas procesados o fugados, y ahora a los condenados, por intentar cargarse el orden constitucional y destruir la integridad territorial de España. Se diría, en realidad, que no hacen otra cosa. Eso y alentar nuevos alzamientos sediciosos. Pero lo novedoso está en lo que reconoció Forcadell. En lo que reconoció por primera vez, que se sepa. Es, en verdad, significativo.

Esto fue lo que dijo: "No tuvimos empatía con la gente que no es independentista y que quizá no se sintió tratada de manera justa. Hay mucha gente que no es independentista que defiende las libertades y los derechos fundamentales y que si le das a elegir entre Cataluña y España elige España". Es bueno que haya puesto ese "quizá", que deja el trato injusto en el arrabal de la duda, y es bueno que compusiera aquella última frase condicional que mantiene bien cerrada la puerta principal. Cataluña no es España, Cataluña son los separatistas, es lo que implica. Es bueno, porque estos dos elementos ponen la confesión que hace Forcadell en sus justos y pobres términos. La percepción que ha tenido la exdiputada, después de meditar en prisión sobre lo ocurrido, no entraña que reconozca a los no independentistas plenamente. Es un reconocimiento parcial. Pero, al menos, es.

Al menos, reconoce Forcadell que existen, que existen los catalanes no independentistas. No los llama catalanes, eso no. Pero se ha dado cuenta de que estaban y están ahí, y que de alguna manera el separatismo tenía que haber tomado conciencia de su existencia. Y es que una de las cosas más asombrosas del independentismo catalán, de su proyecto rupturista de estos años, es que no tenía en cuenta a los no separatistas para nada. Claro, sabían que esa "gente" estaba ahí, pero a efectos políticos los veían como si fueran algo así como el mobiliario urbano. No como a sujetos políticos, eso de ninguna manera. No como a ciudadanos completos. Ni siquiera como a votantes a los que tratar de convencer o hacia los que conviene mostrar, como dice ahora Forcadell, "empatía" y darles, quizá, un trato más justo.

Por la propia y perversa naturaleza de una creencia política con sustrato en la sangre, en el origen o en la raza -como decían antaño sin inhibiciones, cuando hablar de raza no evocaba el horror que evocaría después de la II Guerra Mundial-, el nacionalista catalán ha tendido con toda naturalidad a considerar la política y el gobierno de Cataluña como cosa suya y exclusivamente suya. Por lo mismo que ha considerado que Cataluña es suya. Mejor: que el nacionalismo es Cataluña. Lo cual significa, dicho sea de paso, que está convencido de que sin el nacionalismo Cataluña dejaría de existir. De ahí esa angustia terminal que late en las antiguas producciones intelectuales del nacionalismo catalán y, ahora, en las puramente agitativas del separatismo. Como las arengas que Forcadell dirigía a las masas en aquel otoño de 2017. Por pura costumbre, en fin, para el nacionalista catalán la res publica regional era asunto suyo y sólo suyo, y los no nacionalistas, más aún, los no catalanistas, venían a ser idiotas en el sentido original griego: los que no se ocupan de los asuntos políticos y públicos, sino sólo de los particulares.

Bueno, pues Forcadell ha descubierto que los idiotas no eran idiotas. No del todo. Quizá. Y no es que este descubrimiento augure otros. Ni que se vaya a extender entre los de su cuerda. Pero merece la pena examinarlo por lo que revela. Revela hasta qué punto tomaron a los catalanes no separatistas por idiotas, por sujetos sin derechos, incapaces de defender sus derechos -y los de tantos ciudadanos españoles- cuando los separatistas los pisotearon sin contemplaciones. Que lo hicieran sin empatía, ya es lo de menos. Guárdesela, Forcadell.

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