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La caída de un imperio clientelar

Si hay que buscar en algún lado el acontecimiento que ha precipitado la caída del socialismo andaluz, convendrá empezar a buscar en Cataluña.

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EFE

Cautivos unos del fatalismo del voto cautivo, reafirmados otros en el nulla di nuovo… por la magia potagia de Tezanos en el CIS, la debacle del socialismo andaluz ha sido cualquier cosa menos esperada. Por más que ahora tendamos al "ya lo dije". Las dimensiones de la caída del PSOE y del retroceso podemita son, por ello, espectaculares. Ambos están vinculados, porque suyo era el pacto que se prefiguraba para mantener el imperio del clientelismo.

El despotismo socialista andaluz ha caído después de 36 años en los que pudo sobrevivir prácticamente sin afrontar graves amenazas. Le surgían islotes rebeldes, sobre todo en lo municipal, pero el poder autonómico, que es el gran poder de reparto, estuvo siempre firmemente atado a las manos de un PSOE que ya era sinónimo de Junta. El conservadurismo del voto, tendencia fuerte en las autonomías, y unas redes clientelares tejidas durante décadas, le favorecían. ¿Qué ha pasado entonces? ¿Por qué ahora?

Las causas latentes de la derrota socialista, que derrota es, pese a lo que dice la derrotada, estaban ya ahí. Como suele ocurrir. El clientelismo, finalmente, ni favorece a todos ni lo compensa todo. El precio de una Administración puesta al servicio de mantener, por la vía de los favores, a un partido en el poder son las trabas a la prosperidad. Cuando el partido en cuestión ya ni siquiera se ocupa de garantizar unos servicios públicos eficaces, el coste para el ciudadano sube. Cuando la fiscalidad se dispara, sube más. Cuando la corrupción, acompañante habitual de ese estado de cosas, se instala impúdicamente, el precio se vuelve intolerable. Pero todo esto ya estaba ahí en las elecciones anteriores.

En 2015, el PSOE andaluz recibió un rasguño. Importante, pero no letal. Las elecciones fueron en marzo, fecha en la que aún no habíamos estrenado la fragmentación. Díaz las adelantó; es lógico suponer que quiso evitar el efecto arrastre de lo que se veía venir. Entonces estaba al máximo, en España, la inquietud por la corrupción. Irrumpió ahí Podemos, el Podemos que bramaba contra la casta. Y entró el reformismo de Ciudadanos. De modo que el binomio corrupción y crisis, junto al resto de causas latentes, le hizo mella. Pero no barrió al PSOE del poder. Sólo –¡sólo!– empezó la decadencia.

La decadencia se puede arrastrar un tiempo. Hasta es posible revertirla. Pero un día, un acontecimiento, incluso uno que en teoría no debía influir tanto, precipita la caída: un sistema de poder deteriorado se viene abajo. De pronto. De manera inesperada para los que administraban en beneficio propio la decadencia: la decadencia de la región más poblada de España. Porque sin decadencia, el clientelismo no prospera.

Si hay que buscar en algún lado el acontecimiento que ha precipitado la caída del socialismo andaluz, convendrá empezar a buscar en Cataluña. En el golpe separatista y en la posterior estrategia de apaciguamiento del Gobierno Sánchez. Cuando uno seguía la campaña andaluza, era evidente que los dos partidos de oposición de centro y derecha entendían que el asunto catalán era un tema electoral. Como debía de ser. Era un tema electoral andaluz por español. Un tema especialmente vivo en una comunidad donde muchos tienen familiares en Cataluña. Y especialmente lacerante para quienes más han padecido el desprecio del supremacismo separatista. Cuando Rodríguez insistía, frente a Moreno y Marín, en que no, que no era tema, que aquello era Andalucía, no hacía más que sellar el destino por el que apostó Podemos cuando se abrazó al separatismo catalán en cuerpo y alma.

La hipótesis de una especie de efecto mariposa del golpe separatista en las elecciones andaluzas tiene un problema: Díaz era la españolista del PSOE. Pero en las urnas no sólo se vota lo que toca ni se castiga sólo al que se presenta. Y estaban ahí, desde antes, más crecidas, las causas latentes. Para el Gobierno Sánchez, las elecciones andaluzas eran la primera estación del tren, así lo dijo, que iba a llevarle de nuevo a la Moncloa, esa vez sí a través del voto popular. El tren ha salido, pero en otra dirección. Aproximadamente en la misma dirección que iba antes de que Sánchez forzara un cambio de agujas con la moción de censura. El tren andaluz los ha dejado colgados a los dos, a Pedro Sánchez y a la Niña de la Estación.

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