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Cristina Losada

La caja de puros

Se ve a la legua que esas cajas son el detalle preciso que se introduce para dar verosimilitud a una historia y que se la quita justo por eso.

Cristina Losada
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Se ve a la legua que esas cajas son el detalle preciso que se introduce para dar verosimilitud a una historia y que se la quita justo por eso.

De todo lo que contaba Bárcenas en su última entrega, yo me he quedado prendada de la caja de puros. Esta debilidad mía por las cajas de puros viene de la infancia, cuando eran muy codiciadas una vez que quedaban vacías. Por otros motivos, aunque me temo que igual de pueriles, ha causado sensación ese detalle del relato del ex tesorero. Y cómo no. Es de pura película de Berlanga, con Saza haciendo de las suyas, eso de que Rajoy recibiera un sobresueldo con el aguinaldo de una caja de Montecristo. Bueno, esto era así en la primera versión, porque en la segunda, que es más de serie B, al hoy presidente se le llevaba la mordida dentro de la caja. ¿Y los puros?, pregunta ese aguafiestas puntilloso al que no le caben a la vez el dinero y los puros en la caja. ¿Qué hacían entonces con los puros?

Ahora mismo no hay punto más débil en el relato de Bárcenas que esa caja de puros que ha puesto en la mano o en el maletín –otro aspecto difuso– que Lapuerta llevaba puntualmente al ministerio donde Rajoy se encontrara. Por lo visto, no había otra forma más discreta de pasarle un sobresueldo que era notoriamente ilegal, como todos sabían. Nada de intermediarios, nada de entregas clandestinas en la sede de Génova. No, señor. Visita mensual a plena luz del tesorero del PP en el ministerio. Ya se imagina uno la escena y hasta los comentarios de los conserjes. ¡Ya llegan los Montecristo del mes! ¡Que no entre nadie en el despacho del ministro!

No ha contado Bárcenas cuáles eran los regalos con los que Lapuerta agasajaba a otros receptores de sobres cuando hacía su ronda por las dependencias de la Administración. Es una lástima, pues de esta manera sólo esas cajas de puros nos miran llenas de interrogantes. Con un gran interrogante en realidad. Y es que si uno estaba bien dispuesto a creer que en el PP se dieron sobresueldos, tiene ahora motivos para dudar de todo cuanto diga Bárcenas por culpa de esos puros. Porque se ve a la legua que esas cajas son el detalle extraordinariamente preciso –e innecesario– que se introduce para dar verosimilitud a una historia y que se la quita justo por eso.

No hay que menospreciar la capacidad de esos detalles para capturar la imaginación. Valga como ejemplo lo sucedido hace algunos años, cuando se atribuyó una gran afición por el alcohol al alcalde de una importante ciudad española. Se dijo que se le había visto en lamentable estado en un conocido local del centro y que una señora se había marchado del lugar tras exclamar: "¡Tener un alcalde así es una vergüenza!". Este era, digamos, el sello de verosimilitud y coló, vaya si coló. Al cabo de cierto tiempo, eran cientos si no miles de personas los que habían visto al alcalde borracho, tal como querían sus adversarios.

Yo sólo puedo lamentar que Bárcenas haya colocado en su relato esas cajas de Montecristo. Con un recurso tan peliculero ha conseguido, sí, excitar al público. Pero al precio de asestar una puñalada a la veracidad de su historia.

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