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Cristina Losada

La calma chicha del PP

¿Moverse? ¿Para qué? Todos quietos parados, que no se mueva una hoja, y a presumir de partido unido. Aunque no se sepa bien en torno a qué está unido.

Cristina Losada
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¿Moverse? ¿Para qué? Todos quietos parados, que no se mueva una hoja, y a presumir de partido unido. Aunque no se sepa bien en torno a qué está unido.
Mariano Rajoy | EFE

A veces, lo que no sucede es más significativo que lo que sucede. Pongamos el caso de los partidos españoles. De los cuatros partidos, dos viejos, dos nuevos, que han logrado representación importante en el Congreso en este año de doble cita electoral, sólo uno de ellos está en la quietud más absoluta: nada se mueve en él. Y esto es raro, porque todo se ha movido, mucho o poco, pero se ha movido. Es como si las turbulencias políticas que han cambiado el mapa político no le hubieran afectado.

Se han movido las preferencias de los votantes y han emergido con fuerza partidos que no existían hace un par de años o que hasta entonces no se habían extendido. A consecuencia del realineamiento, tanto los socialistas como los podemitas como los ciudadanos están en procesos de reorientación, redefinición o reorganización. Y es lo lógico. Después de una agitada carrera electoral, que encadenó europeas, municipales, autonómicas y dos generales, es el momento de preparar congresos y repensar ideas, estrategias y modelos organizativos.

De los tres partidos se podrá decir que están desnortados o desunidos, que vacilan o que oscilan, pero todos se están moviendo. Todos, menos el PP, al que el mantenimiento del Gobierno, aun en minoría, resulta conquista suficiente como para disuadir de cualquier actividad política que no sea indispensable. A fin de cuentas, estratagemas de campaña aparte, el único mensaje político del PP a lo largo de las campañas electorales pasadas fue la estabilidad. Hasta la caricatura de Rajoy fumándose tranquilamente un puro ha encontrado al final aprobación y loa. Del reproche a la inacción se pasó a admirarla en cuanto logró la investidura. También ese aparente triunfo de la quietud desaconseja moverse.

Tal es la calma que reina en el PP, que sólo se ha producido un movimiento y en los márgenes, lejos de la estructura orgánica. Pero la renuncia a la Presidencia de Honor por parte de Aznar, que fundó el partido y lo construyó, señaliza los problemas políticos que tapa la quietud. El problema más evidente del PP es que ha perdido el monopolio en el campo del centroderecha. Más aún, ya no puede reunir el voto de la no izquierda, algo que tenía sentido cuando el PSOE congregaba a su vez el voto de la izquierda, del centro al extremo. Para una parte de la clase media, principalmente urbana, preocupada por la corrupción y los defectos institucionales, el PP no es un partido votable. La manera de afrontar ese problema también es evidente: ninguna.

Prueba de que considera que no debe hacer nada más en asuntos de corrupción es que los estatutos que debatirá en su congreso seguirán permitiendo que los imputados (investigados) vayan en las listas. Y el momento de las dimisiones o expulsiones continuará ubicado en la apertura de juicio oral. Por otro lado, el Gobierno ha decidido ralentizar la supresión de los aforamientos, que suscribió en el acuerdo de investidura con C’s. Se diría que el PP no es consciente de que la corrupción y su actitud ante ella son causas determinantes de su declive. El hecho de haber mantenido el Gobierno le predispone a creer que en el fondo nada ha cambiado: que apenas ha cambiado nada en su zona de influencia, y que los cambios en la izquierda, como la aparición de Podemos, le benefician. ¿Moverse? ¿Para qué? Todos quietos parados, que no se mueva una hoja, y a presumir de partido unido. Aunque no se sepa bien en torno a qué está unido, más allá, claro, de la gestión del poder.

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