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La impotencia de la 'nueva política'

Incorporar a ciertas figuras de la "vieja política" se puede ver como una agregación de experiencia. Pero también como una forma de tranquilizar a todos aquellos que temen una ruptura con las pautas y redes tradicionales.

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Silvia Clemente y José Manuel Villegas | EFE

El caso de las primarias de Ciudadanos en Castilla y León promete quedarse en el asunto del posible tongo que dio inicialmente la victoria a la ex del PP, Silvia Clemente, frente a su rival, el diputado de Cs, Francisco Igea. Pero lo más interesante no son las irregularidades o errores detectados en el voto. Quedarse ahí sería atender únicamente al síntoma. Aunque el síntoma no deje de ser significativo del problema de fondo. Un problema con el que se encontrará cualquier partido que se proponga desbaratar el modus operandi de aquello que Ciudadanos, entre otros, englobaba en la idea de "vieja política". En regiones y provincias, ese modus operandi, que es condición de un modus vivendi para muchos, tiene especial arraigo.

A fin de cuentas, el fichaje de Clemente, que llevaba veinte años en la política autonómica en las filas del PP, y no en la retaguardia, suponía incorporar a una figura típica de la denostada "vieja política". Alguien que acumula experiencia, pero 'determinado' tipo de experiencia. Un tipo de experiencia que es común a políticos del PP y del PSOE de parecido rango en muchos otros lugares de nuestra geografía. Porque ambos partidos han tenido conductas muy similares a esos niveles que, como suele decirse, son "los más cercanos a los ciudadanos". Y cercanos a otras cosas. He ahí la cuestión. Por decirlo en corto: hablamos -hablemos- de los feudos clientelares. Y de la dificultad de partidos nuevos, con proyectos de 'regeneración democrática', para entrar en esas fortalezas y, no digamos en sus torres del homenaje: los Gobiernos.

Con todo lo difícil que es alzarse con el Gobierno de España desde postulados liberales y de reforma institucional, ese empeño seguramente es más fácil que romper el círculo vicioso de lealtades largamente engrasadas por el poder político en los enclaves autonómicos y provinciales. Sobre el papel, los proyectos de acabar con la 'colonización' partidista de la administración, el sector público económico, los medios de comunicación, la cultura y los organismos de control -esto es, con la partitocracia-, de romper las redes clientelares y de prevenir la corrupción, son impecables, irreprochables y hasta suscitarán aprobación general. Pero en la práctica pisan muchos callos. Asustan. Representan un desafío al statu quo.

Ante el riesgo de que desaparezca, los acostumbrados a beneficiarse de ese estado de cosas van a defenderlo con uñas y dientes. Sería ingenuo limitar la lista de beneficiados a los partidos. Es más amplia y profunda. De ahí la dificultad. Los que hayan salido ganando con el "capitalismo de amiguetes", por poner un ejemplo y citar una imagen popularizada por Luis Garicano -que apoyó a Igea-, no van a saltar de alegría si se propugna que las relaciones con el poder político, que tanto cultivan, dejen de ser la puerta de acceso para contratos públicos y negocios de toda índole. Otros sectores empresariales, verdaderamente competitivos, sí estarán por ello, pero en muchos lugares no tendrán fuerza suficiente. La dependencia de subvenciones, cuyo reparto tiende a estar orientado no por criterios objetivos, sino de favor político, genera otro campo de resistencia. Los famosos chiringuitos también cuentan con su lista de favorecidos y potenciales perjudicados. Y así todo. Para los que tienen un modus vivendi dependiente de la cercanía al poder político, la cuestión es simple: ¿Y si éstos, tan limpios, tan honrados, tan fair play, echan abajo el tinglado?

La política real de los partidos hegemónicos en autonomías y provincias ha ido conformando un ecosistema político y social donde dominan los refractarios a cualquier modificación de esa manera de hacer las cosas que se resume en cinco palabras: las conexiones políticas lo son todo. Es un modus operandi tan probado y, todo hay que decirlo, enraizado, que los partidos que lo amenacen se encontrarán ante un dilema. O se resignan a un papel más o menos testimonial o contemporizan con las pautas establecidas. Porque nuestra sociedad civil, si por eso se entiende algo autónomo respecto de la política, es débil. Esa es la gran limitación. Y este, el diagnóstico pesimista: no hay todavía masa crítica. Con esta hipótesis, los fichajes de Clemente y otros similares toman otra perspectiva. Incorporar a ciertas figuras de la "vieja política" se puede ver como una agregación de experiencia. Pero también como una forma de tranquilizar a todos aquellos que temen una ruptura con las pautas y redes tradicionales.

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