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Cristina Losada

La maravilla de la convivencia de lenguas

Tras la falacia de la convivencia de lenguas se esconde una política que proscribe el uso de una de ellas en la enseñanza y en otros ámbitos. Reformemos el diccionario. Habrá que llamar convivir a la eliminación de uno de los que conviven.

Cristina Losada
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Zapatero ha felicitado a los socialistas catalanes por dar ejemplo con su manera de "convivir con otras lenguas". Sin embargo, ni siquiera un socialista catalán, y no digamos un simple mortal, convive con lenguas, sino con personas. Ese matiz es muy importante. Las personas suelen querer entenderse, y por ese motivo acaban por arreglárselas cuando hablan idiomas distintos. Sólo hay que dejarlas en paz. Los idiomas ni quieren ni dejan de querer. La confusión del presidente es sintomática y sistemática. Tras la falacia de la convivencia de lenguas se esconde una política que proscribe el uso de una de ellas en la enseñanza y en otros ámbitos. Reformemos el diccionario. Habrá que llamar convivir a la eliminación de uno de los que conviven.

El historiador Henry Kamen escribía días atrás en El Mundo que el error de la Constitución de 1978 y del Manifiesto por la lengua común radica en propugnar el bilingüismo, pues éste "no protege las lenguas minoritarias". Según él, la cuestión en España es cómo "garantizar los derechos" de esas lenguas para que la mayoritaria no las haga desaparecer. Ilustraba su argumento con el caso del galés. Hacia 1500, hablaban aquel idioma casi todos los habitantes de Gales. Tras cuatro siglos de bilingüismo lo empleaba el 50 por ciento. Y en 1990, sólo el 19 por ciento. Fatídico destino el del galés. Pero ¿y el de los galeses?

No parece que les haya ido mal con el inglés. Es más, un galés que aspire a alcanzar algún día el estatus de historiador de prestigio, dará sus clases y escribirá sus obras en inglés, como hace Henry Kamen, que también escribe en español. Uno queda muy bien y muy a la moda defendiendo la conservación de las lenguas minoritarias. Pero resulta que son otros los que deben sacrificarse por la causa. Otros quienes son obligados a evitar que se extingan, mientras uno se maneja en idiomas de gran proyección y envía a sus hijos a colegios donde los aprenden, tal como hacen Montilla y tutti quanti.

He ahí dos tipos de defensores de las lenguas minoritarias. Unos quieren salvarlas y otros sólo pretenden afianzarse en el poder. Pero ambos coinciden en el uso de medios coercitivos. Ignoran la voluntad de las personas y les amputan su derecho a elegir. La defensa de las lenguas es una trampa cubierta de hojarasca sentimental. Los idiomas no han de ser defendidos. Es uno el que se ha de defender en un idioma u otro.

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