
Se ha dicho estos días que, gane quien gane el Francia-Marruecos en el Mundial, el francés medio sabe que van a quemar su coche en las celebraciones, que es como llamamos ahora a los disturbios. Eso se da por seguro, y con razón, vistos los precedentes. Parte de los jugadores de Francia tienen raíces africanas, pero han nacido en Francia, y parte de los jugadores de Marruecos también han nacido en Francia. Y en España, Bélgica, Holanda Canadá. La selección marroquí está formada, en su gran mayoría, por jugadores que no han nacido en Marruecos y no se han criado en Marruecos. Son hijos de la emigración. Hasta su entrenador, Mohamed Ouahbi, nació fuera, en Bélgica. Los marroquíes celebran sus triunfos como suyos, y nadie se lo va a discutir, pero en realidad no lo son tanto.
Un país que tiene que buscar a sus mejores futbolistas entre la segunda o tercera generación de la diáspora no puede estar demasiado orgulloso de su desempeño. Quien dice futbolistas, dice cualquier otra profesión y oficio. Un país del que se emigra a gran escala es un país que está fracasando. Puede celebrar una victoria en el fútbol, fantástico, pero como nación y como Estado no está para batir palmas. Esto se sabía antes. A ningún país se le ocurría presentar entre sus méritos el de tener una gran cantidad de emigrantes. Del mismo modo, se sabía que la emigración no era una fiesta. Al contrario. Se veía como un drama. Un drama personal, para los que se iban y los que se quedaban atrás, y un drama demográfico para el país que perdía a una parte notable de su población joven y emprendedora.
Cuando los españoles emigraron masivamente, la emigración era percibida como una necesidad triste e imperiosa. No se tomaba con alegría, como si fueran unas vacaciones del Club Méditerranée. Incluso se cargaban las tintas del drama. Basta ver los dibujos y cuadros de algunos de los grandes pintores gallegos o el reportaje fotográfico que hizo Manuel Ferrol de la salida de emigrantes en el puerto de La Coruña en la década de 1950. La estampa del emigrante con su maleta de madera, que deja a su familia llorando en el muelle, ha quedado como un prototipo de lo que fue la emigración. De lo que fue cuando se entendía que era un drama.
Ahora, no. Ahora en España, se celebra. No nuestra emigración, que es escasa, pero sí la emigración de otros, la que nos llega. Unos lo celebran por la multiculturalidad, por el color, por la variedad. Frívolamente. Y otros, como la lamentable izquierda que tenemos, celebran que jóvenes africanos abandonen su país y se vengan aquí, porque así aumenta nuestro PIB y Pedro Sánchez puede presumir de gran crecimiento. Es el crecimiento de la miseria, sobre todo, de la miseria moral. Aquella izquierda que se ponía furiosa no hace tantos años, porque había jóvenes españoles que tenían que marcharse a buscar trabajo en otros países de Europa, hoy está encantada de que la juventud africana se marche de sus países. Tan encantada está que no deja de hacer cosas para animarles a emigrar. Todo sea por el PIB. Cuando le viene bien a un Gobierno progresista, la emigración no es un drama. Es una fiesta.
