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La ocupación de Cataluña

Lo que refleja su actitud en el espacio público es su actitud hacia la democracia y las instituciones que la componen.

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Cruces supremacistas en una playa de Canet de Mar | Archivo

"El nacionalismo es un discurso que grita no sólo para ser escuchado, sino para convencerse a sí mismo", escribía Michael Ignatieff en Sangre y pertenencia, señalando la correlación entre el volumen del grito y el calibre de las ficciones históricas, caricaturas absurdas y violentas exageraciones de los nacionalistas. Cuanto más grandes las mentiras, más hay que chillar para que no lo parezcan. Esta regla, norma o pauta la confirma sin excepción el separatismo catalán con pesadísima frecuencia. La confirma, en especial, cuando puede presentarse como víctima de alguna agresión. El volumen del grito sube entonces a niveles ensordecedores, que son los más adecuados para autoconvencerse, para exagerar al máximo los daños y para descalificar sumariamente a quien los sitúe en sus dimensiones reales.

La pauta se siguió tal cual a raíz de la actuación policial del 1 de octubre, con la exageración del número de heridos o la puesta en circulación de imágenes falsas. Y a otra escala, con lo sucedido en Vic, cuando un coche derribó hileras de cruces amarillas plantadas en una plaza. Muchos cruzados independentistas activos en las redes sociales y algunos medios digitales calificaron esos hechos de "atentado" o los llamaron sin más "el atentado de Vic", algo que va más allá de la exageración: el atentado de Vic es el que cometió ETA en 1991 contra la casa cuartel de la Guardia Civil allí, causando diez muertos, cinco de ellos menores de edad. En cuanto al presidente de la Generalitat, Quim Torra, insertó lo de Vic en una serie de "ataques fascistas" y pidió a la delegada del Gobierno que les haga frente.

La otra cara de la moneda de esta pauta es que nunca los separatistas reconocen un acto de agresión propio. Jamás aceptan que ejercen algún tipo de violencia. Ni siquiera violencia simbólica. Tampoco coacción. Nada de nada. Uno de los mantras más repetidos del procés rezaba: "Somos pacíficos y democráticos". Un mantra que ya establece cómo es la otra parte: violenta, agresiva, antidemocrática. Y que cumple la función, como en la pauta antes reseñada, de cubrir con el manto de la retórica la realidad del proceder separatista en estos años y antes: un proceder coactivo que ha tenido por efecto, y efecto buscado, que el discrepante tuviera miedo incluso a expresar su opinión, dando lugar a la espiral de silencio. La movilización de la parte separatista de la sociedad, apoyada e instigada por los órganos de gobierno regionales, ha tenido como objeto no sólo hacerse oír, sino callar a los que no estén de acuerdo.

La ocupación de espacios públicos por los separatistas, con esteladas o lazos y cruces amarillos, continúa aquel ejercicio de coacción amenazante, pero lo lleva todavía más lejos: es un trágala para los ciudadanos que transitan por esos lugares. Es un trágala para los que no comulgan con lo que representan esos símbolos, para los que no ven bien que los lugares públicos estén colonizados por simbología partidista, para los que no quieren vivir en una escenografía de propaganda como la que es propia de regímenes totalitarios. Todos esos ciudadanos tienen que soportar esa "privatización del espacio público, de uso común", que vulnera "los principios de objetividad y neutralidad institucional", como bien señala la sentencia del TSJC que acaba de confirmar que el Ayuntamiento de Sant Cugat tiene que retirar una estelada que instaló en una plaza. Pero salvo esa sentencia, que ya veremos si se hace cumplir, nada se lleva a cabo para que el espacio público deje de usarse como elemento de coacción en beneficio del independentismo.

Claro que antes de esta ocupación física hubo otra. Lo que ahora sucede, esa proliferación amarilla en calles, plazas, playas, carreteras y en cualquier parte, es continuación. Continúa la ocupación de Cataluña por el nacionalismo. Esa fue su política, su estrategia: ocuparlo todo. Ocupar primero lo público, desde el poder, y a partir de ahí ocupar todo lo demás, incluido lo privado y hasta lo más privado: lo que se piensa. Cuando Pujol escribía en 1965 sobre "el ejército de ocupación" de Cataluña, refiriéndose a los de fuera, ya estaba preparando el suyo. Y es precisamente porque se trata de una continuación, basada en la gran mentira de que el nacionalismo es Cataluña, por lo que los cruzados amarillos ven perfectamente natural y democrático plantar sus cosas amarillas en todas partes. Convencidos de su superioridad en materia de democracia, ni siquiera son capaces de apreciar que esa ocupación es antidemocrática. Porque lo que refleja su actitud en el espacio público es su actitud hacia la democracia y las instituciones que la componen. Los usurpan y los usan contra el otro.

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