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La república idiota

Todos saben, y los primeros de todos los separatistas, que la república no existe y que es una auténtica idiotez creer lo contrario. Pero el edificio del engaño se sostiene en la voluntad colectiva de mantenerlo.

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EFE

En el cuento de Andersen El traje nuevo del emperador, el niño que dice espontáneamente la verdad, esto es, que el rey no lleva ningún traje y va desnudo, logra que el resto de la gente, que hasta entonces había alabado el inexistente atuendo, rompa su voluntaria sumisión al engaño colectivo y se sume a la verdad desvelada. No hay castigo para el niño por haber dicho lo que todos veían pero no querían reconocer, prisioneros de la red de mentiras que habían tejido previamente en interés propio. Tampoco se sanciona al único que se atreve a decir la verdad en un episodio similar en El conde Lucanor ("Lo que sucedió a un rey con los burladores que hicieron el paño"), que pudo ser la fuente de la que bebió Andersen. Pero estos cuentos moralizantes no tienen validez en la Cataluña del cuento separatista. Ahí, el engaño colectivo no sólo se mantiene proscribiendo la verdad. También se castiga al que se atreve a proferirla.

No es metáfora. El mismo día de Nochebuena, el consejero del Interior, Miquel Buch, anunció en una entrevista que investigará al mosso, miembro de la Brigada Móvil, que le dijo lo que todo el mundo sabe a un manifestante que era agente rural de la Generalitat. La frase del policía, que se ha hecho célebre, fue: "La república no existe, idiota". La interlocución entre el mosso y el agente rural, que iba con los CDR, dio la vuelta a España y puso a los separatistas en pie de guerra. No sólo por la verdad incontestable, que escuece. También o sobre todo por quién la dijo. Buch justificó la investigación y posible sanción en que "un mosso no tendría que llamar ‘idiota’ a un manifestante". Pero lo realmente humillante para los separatistas es la parte mollar de la frase, y el hecho de que su autor fuera un policía autonómico.

Para el separatismo, la policía autonómica es suya: de su propiedad. Como tantas otras cosas, como todas las instituciones y, en realidad, como toda Cataluña. Esa idea de propiedad exclusiva significa que instituciones y funcionarios han de estar al servicio del proyecto político separatista. En cuerpo y alma. Cualquier señal que indique que no son los dueños y amos absolutos les resulta insoportable. El control de la Administración y de sus miembros es condición crucial para que los designios políticos del separatismo se cumplan. Poco se ha hablado de las formas en que se ejerce ese control, pero se ejerce. Una de las modalidades en es la detección del disidente y su purga, o hacerle la vida imposible si no se somete. Cuando el 9-N, sólo una directora de instituto se negó a entregar las llaves del centro. Una sola en toda Cataluña. Fue un indicio claro de que las vías de control han funcionado. Como lo fue que al aplicar el 155 se planteara, de manera verosímil, la imposibilidad práctica de hacerlo frente un cuerpo funcionarial mayoritariamente sesgado en favor del separatismo.

El anuncio de que se va a investigar al mosso –y no al agente rural, que iba de uniforme a una manifestación sin estar de servicio– representa, por sí mismo, una forma de control político: es un aviso a navegantes. No se trata tanto de dar satisfacción a los radicales (los más radicales son los que están en el Gobierno) como de asegurarse de que nadie que esté a sueldo de la Generalitat pueda cuestionar en público ninguna de sus falsedades. Todos saben, y los primeros de todos los separatistas, que la república no existe y que es una auténtica idiotez creer lo contrario. Pero el edificio del engaño se sostiene en la voluntad colectiva de mantenerlo. Cuanto más disparatado es el engaño, más fuertemente tienen que afirmarlo. Un solo hombre que dijo la verdad los ha dejado en ridículo. Aunque ese precio, el del ridículo, están dispuestos a pagarlo, como ya se ha demostrado. Pero si no quieren levantar una oleada de apoyo al mosso de "la república no existe, idiota" en toda Cataluña y en toda España: déjenlo en paz.

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