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Cristina Losada

La revolución no es una fiesta

Para todos los que creen en las movilizaciones masivas como motores de rupturistas cambios políticos, el caso de Ucrania debería ser de obligado estudio.

Cristina Losada
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Para todos los que creen en las movilizaciones masivas como motores de rupturistas cambios políticos, el caso de Ucrania debería ser de obligado estudio.

Para todos los que creen en las movilizaciones masivas como motores de rupturistas cambios políticos, el caso de Ucrania debería ser de obligado estudio y reflexión, aunque me temo que estudio y reflexión son incompatibles con la querencia por los procesos revolucionarios. Sea como fuere, allí tienen, en vivo y en directo, una lección práctica de las consecuencias imprevistas e indeseables de las transferencias de poder protagonizadas por el poder popular sin compromisos (o con compromisos rotos), y sin enjuagues.

En Kiev se derrocó a un gobierno muy corrupto, aunque elegido en las urnas, gracias a las multitudes que heroicamente, y luego también violentamente, ocuparon espacios y edificios públicos. Se negoció un acuerdo para una transición pacífica que quedó en papel mojado al día siguiente. El presidente odiado huyó y esto se celebró como una victoria. Parecía el triunfo de la revolución, con víctimas, sí, porque estas cosas tienen su precio en sangre, pero después vino la segunda parte, lo de Crimea, y luego la tercera, que consiste en actuar de forma mimética a los manifestantes de Kiev para romper Ucrania con la ayuda de Rusia. Ahora hay allí en ciernes un enfrentamiento armado.

Es significativo que lo de Ucrania haya perdido interés, si tomamos como barómetro el interés de las cámaras, desde que dejó de ser una protesta al estilo de la primavera árabe, que tantos imitadores tuvo, para convertirse en el preludio de una guerra. Parece absurdo que una posible contienda en los suburbios de Europa interese menos que una revolución callejera, y lo es. Completamente absurdo. Pero tiene explicación. Está en el atractivo de las multitudes en la calle, en la fascinación por las rupturas desde abajo y contra "los de arriba", en la euforia que transmite la movilización de masas. Es decir, en la emoción.

Frente a la complejidad y el tedio de la negociación, la revolución callejera ofrece emociones y sentimientos fuertes, momentos inolvidables, sensaciones de unión y comunión y de poder: todo es posible. Y, en efecto, es muy posible que acabe como el rosario de la aurora. Con violencia, casi siempre, y siempre bajo la batuta de los más extremistas, que son los más consecuentes, los que están dispuestos a llevar el proceso revolucionario hasta el final, sin malditas concesiones.

Más allá de sus peculiaridades, el caso de Ucrania viene a confirmar la regla de que las revoluciones no son ninguna fiesta, tal como creen los adolescentes perpetuos, sino un auténtico desastre. ¡Ay de los que ponen en marcha, o permiten que se pongan en marcha, dinámicas revolucionarias pensando muy cucos que llegado el instante oportuno las van a controlar a voluntad! Una vez suelto ese tigre, a quien primero se come es al domador.

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