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Cristina Losada

Qué tiene que ver Owen Jones con Jordi Pujol

¿Qué hace que un británico de izquierdas, partidario de la política de clase, defienda a los separatistas catalanes?

Cristina Losada
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¿Qué hace que un británico de izquierdas, partidario de la política de clase, defienda a los separatistas catalanes?
Owen Jones | Wikipedia

¿Qué hace que un británico de izquierdas, partidario de la política de clase, defienda a los separatistas catalanes? ¿Qué hace que un Owen Jones, joven estrella del activismo británico, fustigador de la casta de los poderosos, tome partido por los que siempre han mandado en Cataluña y se tienen por sus dueños? ¿Qué lleva a un autoproclamado defensor de la clase obrera a ponerse del lado de los Pujol, de un Mas, de unas élites independentistas que pertenecen a las clases acomodadas? Es la pregunta de siempre. La pregunta sobre qué diablos pasa en la izquierda para que tantos estén a partir un piñón con el separatismo catalán. Ya no sorprende esa confraternidad en la de aquí. Pero cuando aparece el enjambre internacional de prestigiosos e influyentes tontos útiles, bueno, permitámonos unos minutos de asombro.

El señor Jones, por ejemplo. Se pronunció sobre la sentencia, que un influyente tiene que estar a todas, de esta manera:

Que se esté o no a favor de la independencia de Cataluña es irrelevante. Un Estado europeo supuestamente democrático que encarcela a disidentes políticos es grotesco; como lo es la ausencia de condena de otros gobiernos europeos.

No calificaría yo de grotesco el hecho de encarcelar a disidentes políticos. No es el término adecuado. Pero sí es grotesco, perfectamente ridículo, dudar de que España sea un Estado democrático, y aún más grotesco calificar de "disidentes políticos" a los exmiembros del Gobierno catalán condenados por el Supremo. Estos nuevos izquierdistas, esta joven guardia roja de hoy, no sólo ha perdido el norte, atraída por el magnetismo nacionalista. Tampoco tiene ni idea de qué es un disidente.

Si el señor Jones, o cualquiera, quiere conocer a disidentes en Cataluña, que pregunte por los que se han opuesto a la hegemonía del nacionalismo y al proyecto separatista. Por los que han sufrido las consecuencias de su disidencia. O por los que han tenido que ocultarla. Pero llamar "disidentes" a aquellos que han ocupado, prácticamente sin interrupción, el poder político regional y lo han utilizado para instilar el odio –odio a España y al resto de los españoles– es más que un error: es un insulto. Antes, el disidente estaba contra el poder. En esta nueva definición, está en el poder. Y de qué manera. Sin contar con que se han caracterizado, los supuestos disidentes, por la corrupción. Empezando por el creador de todo esto, el que dio forma al nacionalismo catalán contemporáneo, que es Jordi Pujol.

Tiene un libro Owen Jones, el que le hizo saltar a la fama, sobre la ridiculización de la clase obrera por parte de las elites y los medios de comunicación británicos. Si viera TV3 y leyera publicaciones independentistas, podría hacer más de un libro sobre cómo el nacionalismo catalán ha hecho objeto de escarnio, burla, mofa y befa a los catalanes con origen en otros lugares de España. No de manera puntual, no un chiste malo de vez en cuando, no. Es sistemático. Un escarnio y un desprecio sistemáticos, y siempre relacionados con la condición social, con la pertenencia a las clases populares de esos catalanes a los que no tienen por auténticos catalanes. Si quiere ver clasismo Jones, y suponemos que criticará el de su país, que vea cómo tratan y retratan sus queridos independentistas a los catalanes castellanoparlantes. Que es también como retratan y tratan al resto de españoles: como a inferiores. Desde un arrogante supremacismo.

Hay que asombrarse, no queda otra, de que gentes que demandan políticas de clase y redistribución defiendan la causa de aquellos que desde una de las regiones más ricas de España desean, ante todo, no contribuir. Son los que llaman robo a que parte de su contribución se destine a otras regiones menos favorecidas. Los que no quieren pagar para que extremeños o andaluces tengan hospitales, escuelas y prestaciones. Los que frecuentemente tachan a esos españoles de vagos y vividores a costa de su riqueza. Pero nada. Resulta que los Jones del mundo, que tanto fustigan a los ricos, están con el separatismo de los ricos.

¿Será por todo lo que ignoran sobre el nacionalismo catalán? ¿Será por todos los topicazos que sustituyen su conocimiento de España? Siempre queda la duda. A ver si en el henchido corazón políticamente rojo de estos Jones no hay, después de todo, otro rojo más denso, más primitivo, un rojo sangre que los impele a mirar a España por encima del hombro. Como a un país inferior y de inferiores. Como ha hecho, históricamente, el nacionalismo catalán. A ver si es esa la pulsión oscura que une a gentes en teoría tan dispares como un izquierdista anglosajón y un supremacista catalán.

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