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Racistas sin cruz gamada

No han elegido a Torra 'a pesar de' su exhibición de supremacismo, sino por eso

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Los supremacistas Carles Puigdemont y Quim Torra | EFE

Después de los artículos publicados en la prensa francesa sobre el nacionalismo catalán, a contracorriente de la oleada de simpatía mediática de la que se benefició el golpe de octubre, un comentario en el Frankfurter Allgemeine Zeitung acaba de marcar el nadir del separatismo catalán en la prensa extranjera. Escrito por Paul Ingendaay, que fue corresponsal cultural del diario en la Península Ibérica durante tres lustros, y publicado en el suplemento cultural, ya disponible online, permite constatar las consecuencias que tiene la elección de Quim Torra para la imagen que ha querido dar de sí mismo el separatismo catalán –"la revolución de las sonrisas"– en el escaparate internacional.

El artículo "Raus mit den Bestien!" (¡Fuera las bestias!) empieza hablando precisamente de aquella imagen amable y sentimental –"uno de los mayores éxitos de marketing del separatismo catalán"– para exponer luego las cartas que, ya de manera insoslayable, están sobre la mesa. Quim Torra "propaga racismo, xenofobia e ideas völkisch de la peor especie", dice. "Odia España y el idioma español. Lo ha dicho y escrito con frecuencia", como muestran sus tuits y artículos, de los que ofrece un selecto surtido. "Incluso los separatistas de línea dura hubieran querido meterse debajo de sus escaños cuando la líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas, hace un par de días, empezó a citar un artículo de Torra inconcebible". Era el de "las bestias".

"Por los textos de Torra corre algo más que un soplo de eugenesia y discriminación en función de los caracteres raciales", escribe Ingendaay, citando lo del "bache en el ADN" y un comentario sobre la dentadura de Carme Chacón. No deja de decir que Torra presentó disculpas por si había ofendido a alguien, pero añade: "Si esas frases no tenían el propósito de ofender a nadie, entonces sólo se pueden interpretar en su auténtico y mucho más sombrío sentido: como intencionadas afirmaciones de hecho". La pieza concluye con estas palabras: "Pues este predicador catalán del odio ha venido a dividir, no a reconciliar. Una elección espantosa".

Espantosa, sin duda. Pero es la elección que ha hecho, de forma deliberada, el separatismo. Puede que haya elegido a Torra a pesar del riesgo de reventar, con su aparición, el bucólico y sonriente escaparate que había dispuesto con esfuerzo costoso y tenaz. Un escaparate destinado, sobre todo, a la opinión internacional. Pero no ha elegido a Torra a pesar de su exhibición de supremacismo, sino por eso. Por eso y porque ha contado con algo con lo que hay que contar. En el movimiento separatista, las acusaciones de racismo o supremacismo resbalan. No hacen mella en el blindaje. Un blindaje que lleva dos capas, pues el separatismo catalán no se reconoce en ese retrato y está muy acostumbrado a hacer la inversión: los racistas y supremacistas son los otros. Los españoles.

Es un clásico. Un clásico relativamente reciente, que deriva del descrédito absoluto del racismo después del horror nazi. Ya no hay racistas que se declaren o se reconozcan racistas. No se encontrarán racistas que vindiquen una teoría de las razas distintas y desiguales, definidas en términos biológicos. El discurso racista ha abandonado el vocabulario explícito de raza y sangre y, con él, ha dejado atrás las metáforas biológicas y zoológicas (aunque Torra incurriera en ellas), como explica Pierre-André Taguieff. Ningún partido, ningún grupo, ningún movimiento podría presentarse hoy en la esfera pública con las hechuras del racismo que se condensan en el modelo nazi. Y no lo hacen. El racismo se ha reformulado. Se ha desplazado de la raza a la etnicidad o la cultura y de la desigualdad a la diferencia.

Entre los separatistas catalanes los habrá que se escandalicen por el hecho de que un destacado periodista y autor alemán escriba que Torra propaga el racismo, la xenofobia y las ideas völkisch (populistas o nacionalistas y típicamente racistas, según la definición del diccionario Oxford). Les escandalizará que se escriba tal cosa, no lo que ha escrito Torra ni lo que han escrito otros muchos: desde los ideólogos primeros del catalanismo –esos sí, racistas a la antigua– hasta el último influencer del separatismo. Y algunos se escandalizarán de verdad: no se reconocen como racistas o xenófobos. Porque lo que ven cuando se dice racismo es un uniforme nazi. Y, claro, si el escandalizado es de izquierdas, rechazará aún más indignado ese uniforme: ¿cómo voy a ser racista si soy el más antirracista y antinazi de todos?

Y sin embargo, el racismo existe. Se encuentra bajo los ropajes de las identidades colectivas y las diferencias, que evitan la condena general y también la propia toma de conciencia de lo que se es. Con esos materiales se ha construido el discurso contra los inmigrantes en la Europa actual. Un Jörg Haider, por ejemplo, lo hacía apelando al derecho a la identidad cultural de los pueblos. Algo que también defiende, mutatis mutandis, el antirracista de izquierdas. El racismo ha tirado lejos la cruz gamada y se ha puesto en la solapa los pins de los derechos a la identidad y a la diferencia. Ha pasado de hablar de razas a hablar de culturas. Ha dejado de referirse a desigualdades entre grupos biológicos y se refiere a diferencias históricas que justifican la exclusión. Ha sepultado el relato del conflicto de razas por el dominio de la tierra y ha asumido el relato de la pérdida de la diversidad del mundo. Los racistas no son lo que fueron. Pero racistas son.

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