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Aquel maldito 'R Tape Loading Error'

La llamada 'edad de oro del software español' ha tenido que esperar dos décadas hasta encontrar a alguien que la glose como merece.

Daniel Rodríguez Herrera
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Lo malo que tienen las edades de oro es que se acaban. El Barcelona de Messi y la selección de Casillas y Xavi pasarán, como pasaron otros grandes equipos del pasado. Y la era gloriosa de los creadores de videojuegos españoles también pasó, tras poco más de un lustro de éxitos. Sin embargo, mientras que los equipos de fútbol ya han producido una voluminosa bibliografía aún antes de desaparecer, la llamada edad de oro del software español ha tenido que esperar dos décadas hasta encontrar a alguien que la glose como merece.

La historia quizá no resulte muy familiar a quienes no pertenecen a la que algunos denominaron Generación Spectrum, la de quienes estudiamos la EGB y vivimos parte de nuestra adolescencia en plena eclosión del mundo del videojuego casero en España. A comienzos de los años 80 se pusieron a la venta en nuestro país diversos ordenadores personales suficientemente asequibles como para que parte de la clase media los comprara: Spectrum, Amstrad, MSX y Commodore 64, principalmente, todos ellos con procesadores de 8 bits. A finales de la década los españolitos empezaríamos a comprarnos computadores más potentes, de 16 bits: Amiga, Atari ST y, sobre todo, los PC. Más o menos entre medias tuvo lugar un fenómeno sorprendente: resulta que los españoles, que hasta entonces no habíamos aparecido ni en un pie de página de la historia de la informática, demostramos ser capaces de estar a la altura de los mejores creando videojuegos.

Ocho quilates es un meritorio esfuerzo por documentar esa época, desde el primer videojuego español, La pulga, de 1983, hasta el final de la era de los 8 bits y el esplendor de los desarrolladores españoles, a comienzos de los 90. Para lograrlo, su autor decide centrarse en las historias entrelazadas de quienes fueron las cuatro principales empresas del sector: Dinamic, Made in Spain/Zigurat, Opera y la distribuidora Erbe y su filial de programación de juegos Topo. En esta decisión radica buena parte de las virtudes y los defectos del libro: por un lado nos ofrece una visión bastante amplia de lo que sucedía en aquella pequeña industria, pero por otro en ocasiones resulta fácil perderse en el relato, por los continuos saltos que da en el tiempo y entre personas y empresas.

Jaume Esteve ha adoptado un enfoque muy periodístico, dejando que los protagonistas de aquella historia sean quienes la describan con sus palabras, siempre que sea posible. Entre ellos hay algunos (pocos) con fama fuera de esta época y este mundillo: Camilo Cela, que dejaría los videojuegos para dedicarse al control aéreo y eventualmente dirigir su sindicato durante la huelga ilegal de 2011; Paco Pastor, que antes de dirigir la principal distribuidora de videojuegos del país, Erbe, era el cantante de Fórmula V; y quizá Gonzo Suárez, hijo del director de cine y responsable años más tarde de la saga Commandos. La mayoría nunca fueron famosos, aunque algunos recordáramos sus nombres o, al menos, sus obras.

En las páginas de Ocho quilates desfilan desde anécdotas entrañables de aquellos jóvenes empresarios que rondaban la veintena, como el momento en que el primer fichaje del videojuego español, el malogrado Fernando Martín, pisó las oficinas de Dinamic para firmar el contrato, hasta un sentido homenaje al desaparecido genio Paco Menéndez, creador del unánimemente considerado el mejor videojuego español de aquella época, La abadía del crimen, una adaptación de El nombre de la rosa que incorporaba novedades como la inteligencia artificial de los personajes o el diseño completo de una abadía medieval en tres dimensiones.

El principal problema de estos dos libros es que no están hechos para el gran público; difícilmente alguien que no jugó con uno de aquellos ordenadores en su momento se sienta interesado por lo que cuenta Jaume Esteve. Sin embargo, es perfecto para quienes vivimos aquella época y recordamos aquellas tardes pegados al televisor, rezando para que los minutos de espera que hacían falta para que el ordenador terminara de leer el último juego de moda de la cinta de casete donde se guardaba no terminase en un error de lectura, aquel maldito R Tape Loading Error. Para aquellos a los que la informática enseñó paciencia en una época de la vida en que nadie tiene paciencia, descubrir a las personas que había detrás de tantas horas de juego no tiene precio. Bueno, sí: 35 euros en papel y poco menos de 10 en ebook. Los dos volúmenes.
 

Jaume Esteve, Ocho quilates. Una historia de la Edad de Oro del software español I (1983-86), Star-T Magazine Books, 2012, 251 páginas; Ocho Quilates. Una historia de la Edad de Oro del software español II (1987-1992), Star-T Magazine Books, 2012, 404 páginas.

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