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El desastre hidrológico español o nuestro fracaso como Nación

Pocas imágenes reflejan mejor nuestro fracaso como nación que las inundaciones del norte de España, mientras el sur intenta sobrevivir a la sequía.

EDITORIAL
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Las lluvias persistentes en el norte de España, unidas al deshielo de las montañas al final de un invierno también con grandes nevadas, han provocado el desbordamiento del Ebro y sus afluentes con consecuencias especialmente graves en las comunidades de Navarra y Aragón. A los daños en las infraestructuras públicas, viviendas y locales comerciales tras las inundaciones de numerosas localidades hay que sumar las pérdidas causadas a la agricultura de la zona, con miles de hectáreas anegadas a causa de estas fuertes avenidas. Las pérdidas millonarias provocadas por estos desbordamientos tardarán en ser cuantificadas, pero de lo que no cabe duda es de que estamos ante una riada con escasos precedentes en la historia de esas regiones.

Los daños que el exceso de caudal del Ebro está provocando a lo largo de su recorrido pone de manifiesto, con crudeza añadida, el despropósito de la cancelación del Plan Hidrológico Nacional, que habría satisfecho las necesidades hídricas de la España seca con una pequeña parte del agua que está arrasando a su paso por las poblaciones ribereñas antes de perderse en el mar.

La derogación del PHN fue la primera decisión ejecutiva de José Luis Rodríguez Zapatero nada más llegar al poder, a cambio del voto de los separatistas catalanes en la sesión de investidura que lo llevó a la Moncloa. Con la cancelación de esta infraestructura se condenó al sureste español, una zona estructuralmente deficitaria en términos hídricos, a limitar las posibilidades del crecimiento de su agricultura, la más eficiente y moderna de Europa, cuya producción es destinada prácticamente en su totalidad a la exportación.

En lugar de llevar a cabo este trasvase de las cuencas excedentarias a las deficitarias, que además iba a ser financiado casi en su totalidad por la Unión Europea, Zapatero se sacó de la manga el llamado "Plan AGUA", un supuesto remedio alternativo que ha derrochado 4.000 millones de euros en unas desaladoras que nadie utiliza por sus efectos nocivos para la agricultura y el alto coste del agua que producen.

Pero no sólo a los socialistas cabe achacar esta traición a los intereses generales del país. También el PP, la otra fuerza hegemónica en no pocas regiones, se ha caracterizado por su oposición local a la política de trasvases, la más eficaz y sensata para llevar agua de los lugares en los que sobra a donde se necesita de forma imperiosa. Pocas imágenes reflejan con mayor dramatismo el fracaso de toda una clase política que las inundaciones del norte de España, mientras el sur intenta sobrevivir a la escasez endémica de ese recurso fundamental para el desarrollo económico.

Nuestro disparatado Estado Autonómico y unas élites cainitas ajenas al más elemental sentido de Estado hacen que un país como España, en el que sobra el agua, tenga que asistir a estos episodios dolorosos que ponen de manifiesto nuestro fracaso como nación vertebrada, solidaria y unida.

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