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El PP de Casado tiene que enterrar definitivamente el rajoyismo

Más que de VOX, Casado debe cuidarse del 'fuego amigo' que pueda venirle de sus propias filas, donde algunos están como empeñados en hacer cada vez más grande al partido de Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara.

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La Convención Nacional del Partido Popular ha dado lugar a múltiples comentarios sobre el derrotero que tomará el que ha venido siendo desde finales de los años 90 el gran referente del centro-derecha español. Y el caso es que este fin de semana ha quedado claro que el PP está muy lejos de haber amortizado a Mariano Rajoy y lo que sus nefastos Gobiernos significaron para el propio PP y para España.

La intención de Pablo Casado de no hurgar en las graves heridas que aún presenta su formación permitieron a Rajoy gozar de un protagonismo claramente contraproducente si lo que se quiere es refundar un partido desfondado, en descomunal medida, por el propio Rajoy. Ni las buenas maneras ni la generosidad deben soslayar ni, mucho menos, ocultar la tremenda responsabilidad de Rajoy en la brutal pérdida de apoyo electoral al PP, que ha perdido cuatro millones de votos en los últimos años, y, sobre todo, en algunos de los más graves problemas que tiene planteados España.

Rajoy y su fracasada secuaz Soraya Sáenz de Santamaría desarmaron ideológicamente al PP, apaciguaron o directamente se sometieron a los peores enemigos mediáticos de la derecha –a la vez que trataron de la peor manera a los medios liberal-conservadores no serviles– y fungieron de herederos del infame Gobierno Zapatero en asuntos clave como la negociación con ETA y el mantenimiento de aberraciones liberticidas como la Ley de Memoria Histórica, por no hablar de su bochornosa gestión de la crisis nacional desencadenada por el golpe de Estado de los separatistas catalanes. El final de su Gobierno fue sórdido y traumático, y su peor consecuencia fue el advenimiento de Pedro Sánchez de la mano de los golpistas, los comunistas y los proterroristas.

El PP no puede remitirse a ese pasado tan reciente como indeseable. Debe dejarlo atrás cuanto antes. A este respecto, cabe decir que el discurso de Pablo Casado estuvo lleno de fuerza y de claros mensajes al electorado liberal-conservador, al que prometió recuperar las señas de identidad que hicieron grande al partido fundado por José María Aznar. Casado defendió las ideas de libertad e igualdad ante la ley y no se escondió en temas polémicos como los relacionados con la discriminación del español, lacra de la que no se libra el propio PP, como sabe perfectamente cualquiera que haya vivido en comunidades bilingües gobernadas por los populares.

Pero aún es pronto para saber si esa voluntad refundadora de Casado es sincera, y hasta dónde está dispuesto a llegar el joven líder por esa senda. Algunos dirigentes populares parecen más que deseosos de cambiarle el rumbo en cuanto se les presente la ocasión; o incluso cuando no se les presente, si es que lo que pretenden es lo que parece, quitárselo de en medio para volver a las andadas sorayo-rajoyescas. Ahí es donde tiene Casado su prueba de fuego: más que de VOX, debe cuidarse del fuego amigo que pueda venirle de sus propias filas, donde algunos están como empeñados en hacer cada vez más grande al partido de Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara.

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