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Andalucía vota España

Si cualquiera de los tres partidos necesarios para el pacto se resiste a este acuerdo el castigo que recibirá en próximas elecciones será descomunal.

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El resultado de estas elecciones andaluzas es absolutamente histórico: nada más y nada menos que 36 años han tenido que pasar para que el PSOE perdiese un poder en la Junta que ha ejercido de forma omnímoda, sin que nada escapase a su control ni pudiese zafarse de la tela de araña de corrupción y clientelismo que los socialistas han tejido durante décadas.

Nada justificaría, de ningún modo, desaprovechar una oportunidad así que sólo se ha presentado una vez en cuatro décadas. Si cualquiera de los tres partidos necesarios para el pacto –PP, VOX o especialmente un Ciudadanos que siempre se ha mostrado más reticente al acuerdo con el partido de Santiago Abascal– se resiste a este acuerdo el castigo que recibirá en próximas convocatorias electorales será descomunal. Favorecer que el corrupto PSOE siga gobernando en la abandonada Andalucía –aunque fuese con Juan Marín como presidente– sería, simple y llanamente, un suicidio político. Las meras dudas que ya está mostrando el partido naranja pueden tener un coste elevadísimo para los de Rivera.

Y es que, además, no es posible ignorar que este resultado tiene una lectura que va mucho más allá de Despeñaperros: como ya hemos advertido en Libertad Digital a partir de estallido del golpe de Estado separatista en Cataluña todas las elecciones que se vayan a celebrar en España tienen, sea cual sea su ámbito territorial, una lectura evidente en clave nacional. Y así ha sido en esta ocasión: los andaluces han votado para cambiar un gobierno corrupto e ineficaz que les mantiene desde hace décadas a la cola de Europa, pero también para enfrentarse al frente popular comunista-separatista con el que Pedro Sánchez ha llegado al poder y que es una amenaza existencial para España y para el régimen de libertades que los españoles nos dimos en 1978, tal y como el electorado andaluz ha entendido con claridad.

Sólo eso explica el impresionante resultado de VOX, un partido que hace unas semanas ni siquiera tenía claro si presentarse o no a estas elecciones y ha obtenido nada más y nada menos que un 11% de los votos y un grupo parlamentario de 12 escaños, un éxito de una contundencia que hasta ahora nunca había logrado ningún partido en la primera ocasión en la que obtenía representación parlamentaria.

La gente ha votado a VOX porque ha puesto sobre la mesa de la campaña asuntos que hasta ahora estaban vedados por el dominio de la izquierda del debate público, sí, pero sobre todo porque los de Santiago Abascal han logrado aparecer como el partido que menos dudas despierta respecto a su convicción y su capacidad para defender la nación española y las libertades que a ella van intrínsecamente unidas.

El resultado es, por tanto, un aldabonazo que va a resonar en toda España y que avanza lo que pueden ser y lo que deben ser las elecciones a partir de ahora, porque este domingo los andaluces han demostrado que dos cosas que hasta ahora se creían imposibles no lo son: derrotar al PSOE en Andalucía y que el centro derecha se imponga con claridad en unas elecciones a pesar de presentarse dividido no ya entre dos, sino entre tres fuerzas políticas diferentes.

Andalucía ha votado España y, a partir de ahora, muchas más regiones, pueblos y ciudades van a hacer lo propio. Y lo mismo ocurrirá cuando lleguen unas generales que Pedro Sánchez no podrá retrasar por siempre y tras las que tendrá que abandonar la Moncloa y su querido Falcon.

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