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Italia, Europa, España

Italia necesita repensarse y reformarse. Y con Italia la Europa comunitaria y, por supuesto, España.

EDITORIAL
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Italia está viviendo un proceso electoral de gran importancia en un momento especialmente agitado de su vida política, característicamente convulsa. Están en juego no sólo la composición del Parlamento transalpino y los gobiernos de Lombardía, Lacio y Molise, sino, en buena medida, la propia relación de Italia con la Europa comunitaria, de la que Roma fue cofundadora.

La resurrección de Silvio Berlusconi y la irrupción del payaso Beppe Grillo han dado pie a numerosas y atinadas advertencias sobre los peligros de la política de la antipolítica, tan corrosiva para los Estados de Derecho con su carga letal de populismo, demagogia y fobia a las instituciones. Conviene recordar a Ortega y Gasset, aprendiz de brujo del regeneracionismo en tiempos de la Monarquía alfonsina que, ya en tiempos de su República, acabaría clamando, amargado: "No es esto, no es esto".

Urge alertar de los peligros del populismo en un país como Italia, con su Berlusconi y con su Grillo. Pero no es menos perentorio recordar que Italia está como está, principalmente, por culpa de los políticos profesionales. Son ellos los que la han conducido a la situación en que está. Son ellos los que han socavado las instituciones y el Estado de Derecho. Es su ejecutoria lo que explica la pujanza de la antipolítica.

¿Acaso no queda más salida que la tecnocracia? No. Ni mucho menos. También ellos, los tecnócratas, son culpables de la crisis, ya no en Italia sino sobre todo en la Unión Europea, donde llevan décadas haciendo y deshaciendo a su antojo con total opacidad e impunidad.

No sobran los políticos ni sobran los Estados ni, muchísimo menos, los ciudadanos. Todos tienen su cometido. El problema, el drama viene cuando se confunden los papeles y unos pretenden vivir sobre y a costa de los otros. Los políticos deben legislar sin extralimitarse y no sobrevalorarse, pues no son sino representantes de la ciudadanía. Los Estados han de contenerse y centrarse en sus misiones, contadas pero esenciales. En cuanto a los ciudadanos, han de serlo de forma activa, ejerciendo sus derechos y asumiendo sus deberes y responsabilidades. Necesitamos políticos y Administraciones de calidad, sin tendencia al despotismo, la ubicuidad y la omnipotencia, para lo cual es de todo punto imprescindible contar con una Justicia rigurosa, exigente y, por encima de todo, independiente. Necesitamos igualmente unas sociedades civiles dignas de tal nombre, con un denso tejido asociativo y conformadas por individuos dispuestos a tomar las riendas de sus vidas, a asumir los riesgos anejos a ello y a hacer valer sus derechos frente a los salva y los vendepatrias. Individuos que no trafiquen con su libertad.

Italia necesita repensarse y reformarse. Y con Italia la Europa comunitaria y, por supuesto, España.

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